Desayuno de cumpleaños


Agazapado en la escalera de incendios de un sucio y mal iluminado callejón, coloco el silenciador a mi arma. Faltan tres minutos para las docede la noche y casi una hora para el cierre del local, pero si no acabo hoy con mi objetivo me quedaré sin el dinero. Por suerte las calles están desiertas, una de las ventajas de trabajar en ciudades de provincias durante el invierno.

Se abre la puerta lateral de la sala de baile que vigilo y el ritmo de un tangorasga el silencio. Un camarero saca las basuras al contenedor, se fuma un cigarro y vuelve a entrar.

La espera me aburre. Jugueteo con una moneda vieja de veinticinco pesetas, mi talismán, recogida del bolsillo izquierdo de mi primer cadáver. Todos los asesinos a sueldo somos un poco supersticiosos y nunca realizo un encargo sin ella.

Una pareja joven que pasa por el…

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