La profanación más viril (digo vil)


descarga-1En los 15 años que llevo en la consulta de traumatología jamás me había pasado nada parecido. El paciente entró sudoroso y despeinado. No se quiso sentar y se parapetó dolorido tras el respaldo de la silla. Avergonzado confesó: “Creo que me he roto el hueso del pene”.

Y así, como quien no quiere la cosa, el doctor me tocó ahí abajo y señalando a mi pubis  le dijo: “¡Ve usted! Aunque le debería dar la enhorabuena, ninguno de los 206 huesos que tiene este esqueleto humano, corresponde a su pene.”

4,7


Esa sensación en tu fuero interno de que no, de que va a resultar que no. Pero te dices que podría ser. Te descargaanimas y te lo repites. Y de tanto repetirlo te lo crees y entonces te dices que sí. Y lo que es peor, se lo dices a los que te preguntan. Pero luego, horas más tarde, días quizá, tomando por la mañana un zumo de naranja o tumbado por la noche en la cama, notas que algo no va bien. Como cuando intentas recordar inútilmente una palabra. Esa extraña sensación, esa intuición descreída, esos suspensos que llegaron al final de cada trimestre a casa de mis padres con la fingida esperanza de un “me ha salido bien aunque raspado”. Ese raspado es un 4,7.
No estoy hablando de un sentimiento de culpa que toda viuda tiene (eso no es un 4,7 eso es sentimiento de culpa) . Más bien hablo de descubrirse a uno mismo reafirmándose con un “estoy satisfecho, no he podido hacer más” y saber que sí, que siempre se puede y pudiste hacer más. No abandonarse a tu intuición porque ella (sin escrúpulo ninguno) te dice la verdad que no querías oír. Porque ¿quién quiere oírlo si apenas suena bien?. Es un deseo camuflado entre la certeza, un regalo despreciado por la razón. Es jurarte doce veces que no necesitas a esa persona a tu lado. Decepcionarla para lograr así su rechazo. Sentirte mejor por reafirmar una teoría que tú mismo has provocado. Es la profecía autocumplida.
Son esas noches en vela desvelando en secreto los momentos perdidos. Suponer que es mejor así. Seguir como un roedor girando y dando vueltas en la rueda de la rutina diaria, pero durmiéndote con un extraño sabor a derrota en el paladar. Aquello que no sabes, que intuyes, pero callas y ocultas y mientes pensando que si tú te lo crees, ocurrirá así en la realidad o dejará de ocurrir, según se mire. Pero no. Ya os lo adelanto. Esperar que sea otra cosa es como confiar en que tu intuición se equivoca. Que sí, que alguna vez lo hace, pero la evolución nos demuestra que si estamos aquí vivos es porque esa parte primitiva del hipotálamo nos ha guiado en nuestro pasado (perdonad que saque así y aquí sin más, el Punset que llevo dentro). Es tan difícil desaprender que por eso seguimos creyendo nuestras mentiras, seguimos probando suerte con nuestro talismán de manera irracional, ya que una vez sonó la flauta y porque (dicho sea de paso) ¡qué carajo! No hacemos mal a nadie.
Las veces que has dicho “ya lo sabía yo” y las que te has dejado embaucar. ¿Por qué? Porque es tentador, porque es un “casi”, una acertada aberración matemática. Un intervalo de confianza probabilística generado por la desconfianza. Es un ojalá. Una escalera que como las ilusiones ópticas no llevan a ninguna parte. Un apetito frustrado de antemano. Un tango bailado por Al Pacino en “Perfume de mujer”. Es pensar que mañana todo va a ir bien. Mejor. Que lo dejas cuando quieras porque está en tu mano el dejarlo, cuando lo único que sujeta esa mano es un frasco de ron. “Que si quiero puedo cambiar”, cuando lo que quieres es que cambie el otro.  Entrever que cuando en la relación de una pareja los dos se autoengañan, su mentira es la alianza más fuerte. Intuir que no, desear que sí. Intuir que sí y creer que no.

Todo eso es un 4,7.

A beneficio de inventario


lavanderas-recogian-la-ropa-por-las-casas-y-despues-las-lavavan-en-lavadero-torrenteDe herencia, una cosquilla y un recuerdo: su cara llena de pliegues, de surcos casi grietas. Una por cada mentira que tuvo que taparle. Allí todo el mundo sabía la verdad. La verdad del otro. Y en el lavadero daban lustre a las ropas y a sus conciencias. Y en los tendederos aireaban las miserias que no habían salido con agua. Pero ella ni por accidente soltó prenda. Así fue como nos dejó por herencia esa cosquilla que nadie quiere.

 

La sinrazón tiene la razón.


Las lindes no se tocan


El león sólo es una oveja digerida —repetía una y otra vez. Abrieron la puerta del pajar. Fueron necesarios un forense y dos psicólogos criminales de la provincia. Preguntarle en aquel estado hubiera resultado tan inútil como un espantapájaros cubierto de nidos.  Tomaron fotografías y le leyeron sus derechos, no obstante parecía delirar. Al salir procuraron no pisar los intestinos esparcidos. Días más tarde pudieron comprobar que estaban formando una palabra: linde.

Piorrea en el alma


Sin huella digital. Había borrado su perfil. Sus mensajes. Sus fotos, sus videos y sus audios. A efectos prácticos no existía salvo en su cabeza. Entonces abrió la cajita donde guardaba sus dientes de leche y se preguntó por qué no hay brazos de leche o piernas de leche… o mejor aún, corazones de leche. Por qué no dar una segunda oportunidad al alma. Dicen que si tuviéramos que cambiar la dentadura de adultos moriríamos de dolor, pero ¿por qué no estrenar un corazón roído por la piorrea del alma?¿ Por qué no estrenar una memoria sin memoria, aprender a desaprender y perdonar sin haber perdonado sólo porque lo hemos olvidado sin más?

Soltó la caja y metió su Colt en la boca. A efectos prácticos ya no existía.

El monólogo


«Soy muy malo, malísimo. Soy de los que van al Mercadona cojo un racimo de plátanos de Canarias y al pesarlo pulsa la tecla 33 de bananas que son más baratas. Y no es que sea tacaño, no; es que soy mala persona. Por ejemplo salgo del parking gratuito del Corte Inglés cada dos horas y vuelvo a entrar para no pagar nada.

»He ido perfeccionando la técnica y ahora cuando nadie me ve, cojo la bolsa de plátanos (bananas para el cajero) y tiro de la bolsa hacia arriba de manera sutil, no sea que apoye todo su peso en la báscula.  Cuando viajé a  Tailandia lo hice sólo para colar las monedas de diez bahts por dos euros.

»Y ¿saben ustedes cómo se llama cuando mi amigo Justo da un susto a alguien? Pues…“ajustar”.»

Bebió un trago de agua. Hasta aquel entonces no hubo ni un conato de risa, ni mucho menos una muestra de júbilo. Apoyó el micrófono y bajó del escenario. Entre bambalinas un director de una compañía de seguros le esperaba para ofrecerle un empleo. El monólogo no le había gustado nada, pero le parecía la persona ideal para la lucha contra el fraude.