No lavar a mano


Yo tenía el fuerte compromiso de no ganar más peso. Un solo gramo más y los botones podrían explotar o la tela rasgarse. ¡Lo que engorda el Prozac!  Al fin y al cabo aquella camisa es lo único que me quedaba de ti. Ahora el compromiso no es contigo, tampoco conmigo mismo, es con tu camisa o la mía, según se mire.

El mentiroso (aborto de soneto)


Uno no lo hace por vicio, sino por necesidad,
por necesidad de sobrevivir, por egoísmo.
Hace falta vivir una edad, de niño no es lo mismo.
La primera con un guiño, te la sueltan tus padres por piedad.

Es debilidad y cobardía, de un disfraz el antifaz.
La mentira piadosa la que se cree uno mismo,
tres hacen falta, dos si se apura el cinismo.

Farsa, trola, tantos antónimos de la verdad,
que cuesta reconocerla frente al espejo
Es un mal necesario, la condena a diario
y más útil que un diccionario de latín.

De ser compulsiva, un calvario, de la vida un reflejo,
rara como en la entrada de cine un notario.
Quejarme no me quejo pero voy a darle a esto fin.

REHAB


Buen relato y buen trabajo de investigación! Parece que esta vez nos ha unido eso de perder manos…

Apenas puedo respirar. Mis pulmones arden, al igual que el edificio, y el calor de las llamas es insoportable. Sé que no debo abrir la puerta, pero no hay otra salida. Me arrastro hasta ella, los ojos resecos envueltos en lágrimas, y estiro mis dedos hacia el pomo. El dolor sordo de su contacto sobre la piel me arranca un aullido.

Voy a morir.

Despierto empapado en sudor. Han pasado ocho semanas desde el incendio, pero las pesadillas no remiten. La auxiliar de enfermería entra y me pregunta qué tal me encuentro. Levanto el brazo derecho y le muestro el lugar donde antes estaba mi mano. «Sigue sin crecer». Ella deja las sábanas sobre la mesa: «Tienes rehabilitación en veinte minutos». Me ayuda con el aseo y la ropa.

Oculto el muñón bajo la manga siempre que salgo a los pasillos. Era mi mano buena, la de dibujar. Ahora ya…

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La cola de lagartija, el gusano planario y una medusa llamadaTurritopsis Nutricula


images (1)Aquella tarde, bajo el microscopio, dio con la clave de su estudio. Ya podía ver el Nobel de medicina en su estantería.

En los días siguientes siguió con su hoja de ruta planeada. El primer ensayo fue cercenar su mano artrítica. El resultado fue que al día siguiente le había crecido una nueva, a estrenar.

A la mano le siguió la rodilla lesionada esquiando,  el pie del accidente de moto… Hasta que en la última edición de la revista Science leyó que el gusano planario podía regenerar su cabeza.

Murió de inanición. No supo calcular que la regeneración de su cabeza tardaría más de un día.

Desayuno de cumpleaños


Agazapado en la escalera de incendios de un sucio y mal iluminado callejón, coloco el silenciador a mi arma. Faltan tres minutos para las docede la noche y casi una hora para el cierre del local, pero si no acabo hoy con mi objetivo me quedaré sin el dinero. Por suerte las calles están desiertas, una de las ventajas de trabajar en ciudades de provincias durante el invierno.

Se abre la puerta lateral de la sala de baile que vigilo y el ritmo de un tangorasga el silencio. Un camarero saca las basuras al contenedor, se fuma un cigarro y vuelve a entrar.

La espera me aburre. Jugueteo con una moneda vieja de veinticinco pesetas, mi talismán, recogida del bolsillo izquierdo de mi primer cadáver. Todos los asesinos a sueldo somos un poco supersticiosos y nunca realizo un encargo sin ella.

Una pareja joven que pasa por el…

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La profanación más viril (digo vil)


descarga-1En los 15 años que llevo en la consulta de traumatología jamás me había pasado nada parecido. El paciente entró sudoroso y despeinado. No se quiso sentar y se parapetó dolorido tras el respaldo de la silla. Avergonzado confesó: “Creo que me he roto el hueso del pene”.

Y así, como quien no quiere la cosa, el doctor me tocó ahí abajo y señalando a mi pubis  le dijo: “¡Ve usted! Aunque le debería dar la enhorabuena, ninguno de los 206 huesos que tiene este esqueleto humano, corresponde a su pene.”

4,7


Esa sensación en tu fuero interno de que no, de que va a resultar que no. Pero te dices que podría ser. Te descargaanimas y te lo repites. Y de tanto repetirlo te lo crees y entonces te dices que sí. Y lo que es peor, se lo dices a los que te preguntan. Pero luego, horas más tarde, días quizá, tomando por la mañana un zumo de naranja o tumbado por la noche en la cama, notas que algo no va bien. Como cuando intentas recordar inútilmente una palabra. Esa extraña sensación, esa intuición descreída, esos suspensos que llegaron al final de cada trimestre a casa de mis padres con la fingida esperanza de un “me ha salido bien aunque raspado”. Ese raspado es un 4,7.
No estoy hablando de un sentimiento de culpa que toda viuda tiene (eso no es un 4,7 eso es sentimiento de culpa) . Más bien hablo de descubrirse a uno mismo reafirmándose con un “estoy satisfecho, no he podido hacer más” y saber que sí, que siempre se puede y pudiste hacer más. No abandonarse a tu intuición porque ella (sin escrúpulo ninguno) te dice la verdad que no querías oír. Porque ¿quién quiere oírlo si apenas suena bien?. Es un deseo camuflado entre la certeza, un regalo despreciado por la razón. Es jurarte doce veces que no necesitas a esa persona a tu lado. Decepcionarla para lograr así su rechazo. Sentirte mejor por reafirmar una teoría que tú mismo has provocado. Es la profecía autocumplida.
Son esas noches en vela desvelando en secreto los momentos perdidos. Suponer que es mejor así. Seguir como un roedor girando y dando vueltas en la rueda de la rutina diaria, pero durmiéndote con un extraño sabor a derrota en el paladar. Aquello que no sabes, que intuyes, pero callas y ocultas y mientes pensando que si tú te lo crees, ocurrirá así en la realidad o dejará de ocurrir, según se mire. Pero no. Ya os lo adelanto. Esperar que sea otra cosa es como confiar en que tu intuición se equivoca. Que sí, que alguna vez lo hace, pero la evolución nos demuestra que si estamos aquí vivos es porque esa parte primitiva del hipotálamo nos ha guiado en nuestro pasado (perdonad que saque así y aquí sin más, el Punset que llevo dentro). Es tan difícil desaprender que por eso seguimos creyendo nuestras mentiras, seguimos probando suerte con nuestro talismán de manera irracional, ya que una vez sonó la flauta y porque (dicho sea de paso) ¡qué carajo! No hacemos mal a nadie.
Las veces que has dicho “ya lo sabía yo” y las que te has dejado embaucar. ¿Por qué? Porque es tentador, porque es un “casi”, una acertada aberración matemática. Un intervalo de confianza probabilística generado por la desconfianza. Es un ojalá. Una escalera que como las ilusiones ópticas no llevan a ninguna parte. Un apetito frustrado de antemano. Un tango bailado por Al Pacino en “Perfume de mujer”. Es pensar que mañana todo va a ir bien. Mejor. Que lo dejas cuando quieras porque está en tu mano el dejarlo, cuando lo único que sujeta esa mano es un frasco de ron. “Que si quiero puedo cambiar”, cuando lo que quieres es que cambie el otro.  Entrever que cuando en la relación de una pareja los dos se autoengañan, su mentira es la alianza más fuerte. Intuir que no, desear que sí. Intuir que sí y creer que no.

Todo eso es un 4,7.