Piorrea en el alma


Sin huella digital. Había borrado su perfil. Sus mensajes. Sus fotos, sus videos y sus audios. A efectos prácticos no existía salvo en su cabeza. Entonces abrió la cajita donde guardaba sus dientes de leche y se preguntó por qué no hay brazos de leche o piernas de leche… o mejor aún, corazones de leche. Por qué no dar una segunda oportunidad al alma. Dicen que si tuviéramos que cambiar la dentadura de adultos moriríamos de dolor, pero ¿por qué no estrenar un corazón roído por la piorrea del alma?¿ Por qué no estrenar una memoria sin memoria, aprender a desaprender y perdonar sin haber perdonado sólo porque lo hemos olvidado sin más?

Soltó la caja y metió su Colt en la boca. A efectos prácticos ya no existía.

El monólogo


«Soy muy malo, malísimo. Soy de los que van al Mercadona cojo un racimo de plátanos de Canarias y al pesarlo pulsa la tecla 33 de bananas que son más baratas. Y no es que sea tacaño, no; es que soy mala persona. Por ejemplo salgo del parking gratuito del Corte Inglés cada dos horas y vuelvo a entrar para no pagar nada.

»He ido perfeccionando la técnica y ahora cuando nadie me ve, cojo la bolsa de plátanos (bananas para el cajero) y tiro de la bolsa hacia arriba de manera sutil, no sea que apoye todo su peso en la báscula.  Cuando viajé a  Tailandia lo hice sólo para colar las monedas de diez bahts por dos euros.

»Y ¿saben ustedes cómo se llama cuando mi amigo Justo da un susto a alguien? Pues…“ajustar”.»

Bebió un trago de agua. Hasta aquel entonces no hubo ni un conato de risa, ni mucho menos una muestra de júbilo. Apoyó el micrófono y bajó del escenario. Entre bambalinas un director de una compañía de seguros le esperaba para ofrecerle un empleo. El monólogo no le había gustado nada, pero le parecía la persona ideal para la lucha contra el fraude.

Los besos nunca pueden ser impares


La clarividencia llegó en el escenario del instituto durante la representación de  “La cerillera”. Fue como un déjà-vu futuro filmado a cámara lenta, lo que me permitió evitar que a Pilar Rubio le cayera aquel foco. El público asistente titubeó al principio, pero cuando se percataron de mi proeza, saltaron de júbilo y aplaudieron a rabiar, como si del final de la obra se tratase. Me gané mi primer beso.

Nunca llegué a trabajar como actor, aunque visto con perspectiva, no me ha ido mal. Al poder predecir los infortunios con cierta antelación, mi compañía de seguros conseguía reducir y ajustar la siniestralidad, lo que reportaba pingües beneficios en la cuenta de resultados.

Esto fue así hasta que un día, por los pasillos de la sede social, noté un ir y venir de compañeros alterados. De aquel tumulto surgió… Pilar. Nos miramos y —pese a que había transcurrido más de veinte años—  me reconoció. En ese momento en el que sus ojos azules recuperaron la chispa perdida, en ese segundo donde su sonrisa correspondió a mi sonrisa, en ese momento cuando no vi cómo el falso techo se desprendía de manera fatídica sobre ella, en ese instante… perdí mi trabajo.

Dedicado a mi madre que no me lee, ni tiene facebook, pero tampoco hace falta.


 

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Uno de los 100 finalistas… habrá que comprarse el libro.

Sutiles, ingeniosos, ambiguos y ejemplares

Cedidos los derechos de  publicación de: «Tú, que eras tan fan de “Los pajaritos”»

Me veo en el atasco. Tocando el volante cual guitarra imaginaria. Recuerdo mi cara de decepción en Reyes al ver aquel acordeón. Me imagino que he aprendido a tocarlo para ti, Mamá. Me imagino que desaparezco a tu encuentro para decirte: “Al final me gustó aquel regalo”. Porque aunque hoy tendría una guitarra, ¿quién, sino tú, me hubiera regalado el arte de imaginar? Suena un claxonxº

Usurpar sin violencia


imagesMi objetivo: la mujer más anciana. Su devoción es proporcional a la edad. Rezo en diferido, copiando sus palabras, sus movimientos y su rutina. Rezando en la prórroga, los milagros no llegan o llegarán tarde. Creo así apoderarme de los suyos. Hoy me siento hasta mal por verla allí tendida. ¿Quién me dará ahora la introducción?  Un crujido proviene del interior del confesionario. Aparece la que será mi nueva víctima.

Cuestión de enfoque


literautas tormenta


descargaEra su primer día de trabajo en el museo. Se había preparado a fondo la exposición de puntillismo, las obras de hiperrealismo y dominaba —porque era su pasión— el modernismo. No obstante para las pruebas de acceso no tuvo que demostrar nada de esto. La persona que le entrevistó D. Lucas de Tena apenas echó un vistazo a su currículo. Sin embargo sí que le miró fijamente a los ojos y le preguntó: “¿Por qué quieres trabajar en este museo?”. «Me viene muy bien el dinero. He sido un ratón de biblioteca y apenas tengo vida social. Además domino todas las exposiciones que tienen en las salas excepto los guerreros de terracota», pensó rápidamente, pero lejos de esto, sólo acertó a decir “creo que podría mostrar mis conocimientos de una manera inusualmente entretenida”.

— ¿Qué me puede decir de los guerreros de terracota?— preguntó D. Lucas.

En ese momento tragó saliva y alguien le hizo entrega de un sobre en el que el cartero había escrito a mano remitente desconocido.

—Haga el favor de avisarme a las cinco de la tarde y llame de nuevo al inspector de la policía. —ordenó tras leerla. — ¿Por dónde íbamos?— preguntó D.Lucas.

—Estábamos hablando de las exposiciones y de que mi favorita es la de hiperrealismo D. Lucas.

—Está bien, está bien… Su padre es conocido en el patronato y no veo razón alguna para que usted no empiece aquí mañana. Eso sí, con un periodo de prueba de quince días.

Al día siguiente se plantó a las ocho de la mañana embutido en un traje gris almidonado y con olor a naftalina. A los recepcionistas se les escaparon algunas risas por aquella indumentaria algo ostentosa. No obstante, todos ellos se pusieron firmes como una vela al ver pasar por el amplio pasillo a D. Lucas.

La naftalina se mezclaba con su olor corporal y seguro que él tenía la sensación de ser un ambientador humano. Se detuvo junto con su primer grupo ante aquel cuadro. Era una obra que conocía bastante bien por dos motivos. El primero es que era uno de sus autores favoritos y el segundo es que se incluyó en el examen final de una de sus exposiciones de fin de carrera.

Incidió en los trazos, en cómo éstos era imperceptibles desde la distancia, pero que al aproximarse se distinguían las minúsculas pinceladas y el color ocre. El cuadro algo desnivelado para su gusto y caído hacia la derecha, desmerecía al autor. Sobre el suelo, un puñado de fina arena de playa,  no mayor que una taza de arroz, parecía haberse derramado de aquel desierto dibujado.

En ese instante alguien tuvo la osadía de preguntar por Jacinto.

— ¿Quién es Don Jacinto?— preguntó.

—El anterior guía— contestó alguien escondido en el anonimato del grupo.

— ¿El anterior guía?— Su cara de asombro sólo dio para preguntar repitiendo la respuesta.

—Sí, un hombre alto, mayor, pelo cano y algo encorvado que siempre vestía con traje azul.

—No sabía que el D. Jacinto era el anterior guía de exposiciones, pero vamos a continuar con la siguiente obra que tienen ustedes al fondo—quiso zanjar la cuestión rápidamente— continuemos.

 

Estaba anocheciendo aunque las luces fluorescentes dijeran lo contrario. El personal de limpieza vaciaba las papeleras, mientras él subía por las escaleras para inspeccionar más de cerca aquel  montículo de arena, si es que no lo habían limpiado ya.

Trató de colocar el cuadro en vano. Volvió a mirarlo detenidamente y reparó en alguien que, hasta entonces, había pasado inadvertido. Se acercó al cuadro: “Desierto en la tormenta”. Escondido tras la palmera, un hombre alto, mayor, con pelo cano y algo encorvado, tenía un loro sobre su hombro izquierdo y sobre el derecho sujetaba una chaqueta azul —se acercó aún más—. Esbozaba una leve sonrisa. —Se acercó más y más— se quitó la chaqueta, comenzaba a tener calor y allí todo el mundo, sobre todo D.Jacinto, odiaba el olor a naftalina.

 

Don Luca de Tena y el inspector les seguían buscando por los pasillos.  El cuadro se había inclinado aún más.

Antes muerta que sencilla


imagesAquello no era una antigua plaza de toros, aquello era un museo de la tauromaquia convertido en el Centro Nacional de Entretenimiento. Sobre la arena, los dos círculos blancos y concéntricos habían sido sustituidos por sendas figuras con forma de margarita de al menos seis hojas. En el centro, un huevo de Dalí daba cierta consistencia al enjambre de parodias. Las personas habían acudido en masa. De hecho, la mayor parte se quedaron fuera, sin poder entrar.

En el exterior, las pantallas de plasma mostraban unos ojos de gato que dilataban sus pupilas y obnubilaba al respetable. En el interior, el espectáculo comenzaba con una tormenta de nubes de algodón que era acompañada por una batería de preguntas: “¿Qué queréis? ¿Queréis ser inmortales? ¡No os oigo!”

Un estruendo apoteósico perfeccionado por la acústica del lugar daba paso al protagonista de la noche. La puerta de chiqueros se abrió. En la boca del túnel, como contraposición a la oscuridad de antaño, un fuerte foco proyectaba una sombra gigantesca que desmerecía a Mr. Clock, un mestizaje de loro y papagayo, al que le habían fabricado a medida un micrófono. “Señoras y señores con todos ustedes Mr. Clock”, se dijo a sí mismo. El público enfervorecido jaleaba su nombre al unísono él decía “¿Míster…?” y el público repetía: “Clock”. Así durante un número de veces necesario para ganarse al público.  Acto seguido continuó su breve discurso: “Ha llegado el momento. El momento que cambiará vuestras vidas”. Anduvo unos metros y luego con un magistral vuelo se posó sobre el huevo.

 

Las cámaras hacían grande al pajarraco, indistinguible de otro modo desde la distancia. El huevo partió por la mitad, pese a que la apariencia era de acero macizo. Todo atrezo. De su interior salieron globos a medio hinchar con forma de reloj, apurando una nota mayor de surrealismo sostenido y bemol. Más tarde un gran sobre con unos números que a la postre darían con el ganador de aquello. Todas las personas miraron decepcionadas sus entradas excepto –obviamente– el afortunado. El estruendo se repitió seguido de un redoble de tambor. En medio de la exaltación enmudecida, un grito centró la atención.

 

Era una niña de catorce años. Sus padres lloraban, no sabemos si de pena o alegría. La muchacha bajó a la arena. Mr. Clock comprobó que los números eran idénticos. Abriendo sus alas señaló a un lado un cuchillo y al otro un maletín con dinero suficiente para cerrarle el pico a cualquiera. El foco se dirigió a ambos objetos. Luego a sus padres. Ella dudó. Tomó el cuchillo y lo hundió lentamente en su abdomen de izquierda a derecha. El público —padres incluidos— aplaudió con voracidad tal decisión. Bajaron. Tomaron el maletín y se hicieron una foto con Mr. Clock. Él podría dejar su trabajo como cartero y ella podría quedarse embarazada de nuevo.

 

Todo el mundo parecía disfrutar del nuevo reality: “Renovarse o morir”; incluso ella tendida sobre el suelo parecía sonreír a su modo. En el exterior aún continuaban hipnotizados con las pupilas de aquellos ojos de gato.