La poeta


Lo cierto fue que el buen tiempo nos acompañó agradablemente hasta mediados de agosto, cuando el calor comenzó a ser insoportable. Los meses transcurrían sin pena ni gloria. Oficina-casa y casa-oficina. En la oficina, rutina. En casa, biberones, pañales y médicos de vez en cuando. Violeta nació el 21 de marzo de 1999, pero entonces no pudimos sospechar nada. Según los informativos, en la primavera de aquel año, hubo una floración extraordinariamente inusual de Dianthus barbatus, rosas y margaritas.
Las conversaciones orbitaban inexorablemente en torno a ella. Violeta por aquí, Violeta por allá… y cuando logramos que conciliara el sueño, los temas de conversación lejos de mejorar, empeoraron, para concentrarse en devaneos psicológicos y sociales de aprendizaje infantil, del método Estivill y todo aquello que sonara a pedagogía y nutrición. La televisión acaparada por dibujos animados, la radio invadida por cantajuegos, y los restaurantes y pubs fueron sustituidos por parques infantiles y ludotecas … hasta que a la edad de 18 meses, el doctor nos preguntó si Violeta era capaz de decir alguna palabra. En ese momento mi pareja y yo nos miramos, nos encogimos de hombros y fruncimos el ceño al mismo tiempo, para decir al unísono un “no” rotundo. Tan ensimismados estuvimos con la parafernalia social y familiar que se nos escapó ese pequeño detalle. El pediatra quiso restar importancia a aquello que a nosotros se nos antojaba de gravedad:la niña no hablaba.
Los siguientes meses transcurrieron con cierta normalidad, pero nuestra preocupación desembocó en agobio. En su segundo cumpleaños, a la edad de 24 meses, Violeta seguía sin decir ni mu. Yo comentaba en tono jocoso a mis amistades la anécdota de Einstein. Se dice que no habló hasta los 4 años (algunos dicen 5 otros dicen 3) cuando dijo su famosa frase “la sopa está demasiado caliente”. Parece que no había hablado antes porque siempre había estado todo en orden. En nuestro caso no pensábamos que Violeta fuera la nueva “Einstein”, aunque a mí personalmente me tranquilizaba el hecho de saber que ella podía entender con claridad las instrucciones que le dábamos. Gradualmente la fuimos sometiendo a pruebas (además de las que ya tuvo que padecer la pobre en todos los hospitales de la ciudad) del estilo: “Violeta dame el cubo verde” y ella nos lo daba. “Violeta ¿dónde está papá? ¿Y mamá? ¿Dónde está el balón?” y ella señalaba donde correspondía de manera pertinente. Seguimos complicando las pruebas hasta tal punto que llegamos a pedirle que nos hiciera llegar el recipiente cóncavo que podía contener líquido inodoro, incoloro e insípido y Violeta dudando brevemente arqueaba una ceja, se levantaba y nos traía aquel vaso de agua a medio llenar. Nosotros lo celebramos entre vítores de incredulidad. Recuerdo perfectamente que aquella noche apenas pudimos dormir. Violeta, sin embargo, cayó rendida ante tal batería de preguntas de comprensión lingüística por la que la hicimos pasar.
Meses más tarde, concretamente el 27 de noviembre de 2001, cuando se conmemoraba en televisión el segundo aniversario de la muerte de Gloria Fuertes, apareció un rótulo sobre la pantalla con el texto “La poeta Gloria Fuertes sigue de actualidad…”, entonces Violeta ni corta ni perezosa esgrimió “Si bien es aceptado poetas, mejor sería decir poetisas, no es un capricho de vuestra Violeta, si no me creéis haced vuestras pesquisas”. En aquel momento no dimos crédito de lo ocurrido, parecía como si un alienígena hubiera ocupado su cuerpo. Inmediatamente la llevamos al doctor de guardia y de nuevo todo aparentaba normalidad.
De aquello va a hacer ya casi veinte años. Hoy pensamos en su nombre, en aquella primavera y el clavel del poeta, en el día de la poesía según la Unesco y en Gloria Fuertes y no nos parece extraño que a la “niña” no se la entendiera otra cosa, que versos en lugar de prosa, ni que nos trajera a todos de cabeza, en lo que para ella era cotidiano, y para nosotros una proeza. Pero tanta convivencia no ha sido en vano, esta niña nos ha transformado a todos en Cyrano.

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Ser y estar


Cansados de sentirse infravalorados, decidieron ir a la huelga. Su trabajo consistía básicamente en limpiar las calles de los restos de melancolía que dejaban los recuerdos. Cuando las autoridades quisieron reaccionar, toda la ciudad estaba hecha un asco. Lo sorprendente no es que solo se pudiera caminar por la calle olvido o la calle de la niñez, lo más sorprendente es que nadie supo prever que las acciones de “Quiérete más a ti mismo S.L.” subieran como el prozac.

Este no es un relato de la mar


Sentado sobre su hamaca, cerca de la orilla, descansaba un tipo de piel curtida, enormes dientes cetrinos y una lengua que los relamía al mismo tiempo que su inseparable palillo desgastado. El sol picaba sobre el agua que estaba en calma y solo la ligera brisa rompía la perfecta horizontalidad de la superficie.. Desde donde me encontraba, me parecía apreciar un diente de oro, pero esto quizá fuera fruto de mi incansable imaginación. Lo que sí veía perfectamente era una raspa de sardina tatuada en el hombro.
Por mi parte, no quería parecer disfrutar, como así lo hacía, de la diversidad que nos ofrece este mundo. Tipos altos y bajos, fornidos y fofos, calvos y peludos y todo un abanico de posibilidades intermedias, competían deslealmente con más de doscientas páginas. Bajo una sombra artificial yo fingía leer un libro, así como escuchar música con los auriculares, cuando en realidad la batería hacía minutos que se había agotado y el libro era de aquellos de querer y no poder; quizá algún día.
Aquel tipo de la hamaca, que cada vez me resultaba más familiar, conseguía capturar mi desviada atención. A su lado, un chiquillo parecía absorto con sus palabras. Si tuviera que apostar, diría que no era su hijo, aunque quizá fuera un familiar cercano o el hijo de un vecino de confianza. ¡Quién sabe! Ahora ya nadie se puede fiar de las apariencias. Desabroché mis orejas de los diminutos auriculares y comencé a escuchar.

– … así fue como después de ochenta y cuatro días sin conseguir pesca alguna, libré una batalla en alta mar con un pez enorme que me llevó mar adentro, hasta que conseguí vencerle. Lo peor de todo fue traerlo a puerto, varios tiburones trataron de arrebatármelo, y aunque conseguí que dejaran la cabeza intacta, los malditos se habían comido más de la mitad, dejándolo casi en las raspas – dijo mientras emitía un ruido al chupar el palillo.
– ¿Y de ahí el tatuaje?– preguntó el chiquillo con los ojos abiertos a más no poder.
– Efectivamente. Pero ¿sabes una cosa? Tengo más historias que tatuajes, recuerdo en otra ocasión que pasé algún tiempo en el interior de una ballena hasta que conseguir salir de su enorme boca provocando fuego con ayuda de una pistola de bengalas…
– ¿Fuego dentro de la ballena?– preguntó extrañado el niño, que era joven pero no idiota.
– Fuego, fuego…sí fuego – repetía en tono reconciliador– y en otra ocasión me destinaron a una isla prácticamente desierta cerca del Ártico, tenía que dar el relevo a un oficial meteorólogo allí destinado, pero sólo encontré a un farero asilvestrado que veía monstruos en el agua…
El niño calló porque no quería que aquel hombre dejara de hablar. Yo no sabría decir si su edad le permitía discernir el engaño o era aún tan suficientemente joven como ingenuo. Pero por mi parte decidí poner fin a aquella pantomima. Me incorporé, me calcé mis chancletas blancas y azules con las que pisar el mullido césped de aquella gigantesca urbanización, dejé el libro con el marcapáginas en el mismo sitio que tres veranos atrás y dos sombrillas más tarde, justo cuando me disponía a abroncar a aquel tipo y justo cuando iba a decirle que dejara de profanar a Ernest Hemingway y “El viejo y el mar”, y a Pinocho y Gepetto y a “La piel fría” de Albert Sánchez Piñol y que se inventara sus propias historias, pero que no le engañara así al chiquillo, justo en ese momento el más intenso azul de todos los caribes y corales me cautivó. Y yo, ante aquellos dos ojos llenos de ingenuidad, no pude otra cosa que dar la vuelta a mi sitio y dejar que el hijo del pescadero creyera en lo que quisiera, porque la inocencia de la infancia es un barco que solo zarpa una vez. Tomé mi libro por la misma página y leí de nuevo aquel inicio del interminable párrafo “El marinero no subió al barco…”.

Por alguna extraña razón no dejaba de pensar en aquella raspa tatuada en su hombro y en cuantos marineros han dejado pasar tantos otros barcos.

Sin electricidad estaríamos muertos


Tim caería de los últimos. Robert se salvaría por alguna argucia administrativa y Scott sería como un pequeño diablo en nuestras filas. En mi caso me gusta imaginarme como un francotirador muerto por cobardía o torpeza o por carecer de la suerte de Tim, de la persuasión de Robert y de la habilidad de Scott. Saber que ahora no somos ni la mitad de hombres, ni tres cuartos de autosuficientes de aquellos que vivieron la II Guerra Mundial, es justo lo que me quita todas las noches las ganas de dormir.

Ángulo muerte


<<— Pero ¿por qué ángulo maestro?

—Es muy sencillo: ángulo es la medida de los grados, en caso de visión o de ausencia de ella. La visión frontal se caracteriza por ser la de ciento ochenta grados no así  la visión lateral que puedan tener las gallinas u otras aves.

— ¿Y no sería mejor “muerto” que “muerte”?

—En absoluto…

—Por simple concordancia digo. “Muerto” en este caso es un adjetivo y muerte un sustantivo, en cuyo caso lo correcto sería “muerte angulosa”, maestro. —interrumpió.

—Más allá del punto de vista gramatical, aquí la relevancia es la thanatos  y conceptualmente esa visión sesgada de allá donde ponemos el foco, donde ponemos la luz. Ocultando deliberadamente a nuestra mirada y consciencia aquello que existiendo no existe.

—Quizá con un ejemplo me ayudaría — le inquirió a Sócrates.

—Aquellas amistades que crees perdidas, pero que no dejan de recordarte en uno u otro momento. Aquellos familiares que das por perdidos, pero que continúan sus vidas a pesar de la ignorancia de su paradero. Las cenizas de tu primer amor. Los recuerdos y las experiencias que forman los mismos, las vivencias que han forjado tu personalidad e incluso todo aquello que siendo inminente, está aún por venir… todo ello se encuentra en una zona, en un ámbito o escenario mudo y ciego, que no por ello significa e implica su muerte, sino que simplemente está, sin ser visto o sentido, como todo aquello que sin poder ser explicado o demostrado existe. >>

 

La alarma del reloj de Smith reflejaba que habían pasado los veinte minutos de descanso de su almuerzo y debía volver a la cadena de producción.

Se levantó, cerró el libro “El Discurso de Platón” y tomó un bolígrafo y un papel. Escribió unas breves palabras y las dejó en el buzón de sugerencias de B.N. Corporated.

Desde aquel entonces B.N. Corporated tiene la patente del ángulo muerto de todos los retrovisores del mundo. Ya saben para prevenir de ese sitio donde pueden existir personas olvidadas que en ciertos momentos no vemos.

 

In memoriam

Rehabilitación


imagesEra más que un simple robot, más que cables, microchips, programas computacionales e inteligencia artificial. También tenía sangre. Un líquido viscoso y del color de uva madura se derramaba incompasible ante su mirada y resbalaba por sus antebrazos. El bebé yacía inerte en su regazo.

Quien le conociera sabía bien que tiempo atrás habría sido incapaz de hacer tal afirmación, pero ahora ninguno de los allí presentes se atrevió a discutirle que aquel era su hijo. El niño tenía los mismos ojos que su abuelo y la nariz de su abuela. Exacta y genéticamente los mismos. Del resto se le podría sacar parecido a su madre. Sin duda había salido a ella. Bueno, a ella y a aquel catálogo de apéndices corporales que, como si fuera una revista de moda o costura, se guardaba en la tercera balda del mueble del salón. Diferentes morfologías de narices y orejas estereotipadas que a base de constancia se había ganado la normalización en aquel salón y ninguno, ni el médico, ni el informático ni el de la funeraria, ni los familiares mismos se extrañaban de que aquello, que hoy en día supondría una aberración, resultara convencional ante sus ojos, que ajenos y propios se habían acomodado a la nueva realidad con una facilidad pasmosa.

El de la funeraria, un tipo de apariencia extraña, se le acercó y de manera casi imperceptible al oído humano, le ofreció varios servicios que había contratado desde hace tiempo para este tipo de circunstancias. El padre le miró de manera sentenciosa. El tipo se apartó. Lenta y sigilosamente retrocedía dando pasos atrás como si estuviera escapando del posible ataque de una fiera de la selva.
No quería oír ni hablar de resurrección, ni entierro.

Con mimo se liberó las manos y fue al baño. Abrió el grifo de agua caliente y con suavidad y parsimonia fue limpiándose los brazos. Librándose de esa sensación viscosa sobre su piel, al mismo tiempo que limpiaba y ordenaba sus pensamientos. Apesadumbrado, sentía que lo que más le gustaba de su bebé, era aquello intemporal y duradero que lo rodeaba: la calidez de su mirada, la suavidad de su piel y el olor a nuevo. Todo ello junto al fulgor de su sonrisa, eran características propias que lejos de perderse con el paso del tiempo podían permanecer inalteradas, aunque se quedase mellado o tuerto.

Se estaba secando  cuando la desdicha le invadió, pues fue sabedor de que jamás podría corroborar todo lo anterior.

Mientras regresaba al salón, las palabras de aquel tipo resonaban en su conciencia. “Rehabilitación”. Esta era la palabra técnica, el eufemismo que utilizaban para comunicarle que le podían devolver lo que esa noche había perdido. A pesar de que el bebé no sería el mismo y aunque de hecho así fuera, valoraba dicha opción sin percatarse de que él tampoco sería el mismo. Ni ella. Su mujer, que llevaba horas con la mirada perdida, ya no era su mujer… sino otra cosa.

Fue a la cocina por impulso, bebió un vaso de agua. Recordó cómo empezó todo. Como si de la adquisición de una mascota se tratase. Un encargo material que podría apaciguar de manera artificial el deseo de maternidad. El producto de consumo que apaciguaba una frustración. Se preguntó por qué tener un hijo natural no había estado al alcance de su familia, en qué momento sus antepasados habían perdido ese derecho y por qué sólo se lo podían permitir unos pocos. Todas las respuestas posibles llegaban tarde. Dinero o esterilización. Ni si quiera existía un mercado negro al que acudir para evitar lo otro sin lo uno.

Cerró la puerta del frigorífico. No recordaba haberlo abierto ni el porqué. Abrió un cajón. Cogió de la cubertería ese cuchillo que nadie usa normalmente. De mango perfectamente balanceado y una hoja ancha de más de tres centímetros. Puso la mano sobre la encimera de madera donde solían filetear el pollo. Un líquido viscoso comenzó a brotar de sus falanges. A su manera se aseguró de que él no era más que un simple robot. Acto seguido se dirigió al comedor. Su mujer y su bebé de juguete seguían exactamente igual que los había dejado. La familia enmudeció al verle. El resto salió por la puerta de la casa como si hubiera un incendio, en orden, con calma pero sin pausa.

Antes de que él saliera de dudas existenciales, a ella le brotaron dos lágrimas de los ojos, pero ninguno de los dos supo qué hacer con ellas.

Rimas sobrevenidas


El ayer es un hoy trasnochado.

La nostalgia se ve denostada y triste.

Ahora, que no te dejan ojos más que al mañana,

yo os digo ¡no me da la gana!

¿Que la vida es banal? Sí, un chiste.

Pero puedes, sin ser señalado,

cambiar pecho y espalda por costado,

dirigir tu mirada allá donde se viste

tu querer frustrado con sus canas.

Porque a todos nos cantaron nanas,

que no te impidan añorar lo que fuiste,

que el pluscuamperfecto no es futuro, sino pasado.

Y carpe diem! si quieres jugar al despiste.