Rimas sobrevenidas


El ayer es un hoy trasnochado.

La nostalgia se ve denostada y triste.

Ahora, que no te dejan ojos más que al mañana,

yo os digo ¡no me da la gana!

¿Que la vida es banal? Sí, un chiste.

Pero puedes, sin ser señalado,

cambiar pecho y espalda por costado,

dirigir tu mirada allá donde se viste

tu querer frustrado con sus canas.

Porque a todos nos cantaron nanas,

que no te impidan añorar lo que fuiste,

que el pluscuamperfecto no es futuro, sino pasado.

Y carpe diem! si quieres jugar al despiste.

 

El súper


felizSusana esperaba en el exterior. No paraba de llorar.

Faltaban unos minutos para el mediodía y yo acababa de entrar en el supermercado de siempre. Tenía que comprar cuatro cosas: huevos, pan, leche y algo de embutido. Para ser las horas que eran, había allí mucha gente.
Fui directo al pasillo cuatro. Me conocía casi al dedillo aquel sitio. Aunque aquel cartel publicitario había pasado totalmente desapercibido ya que, aparentemente, era como otro más. Decía algo así como “Sábado 5… ¡No se querrá ir!”.
A mitad del pasillo de congelados, a unos veinte metros de la cajera, las personas se amontonaban y se miraban algo desquiciadas. Algunos clientes observaban el reloj, resoplaban y otros simplemente miraban al frente sin hacer nada.
—¿Es usted el último de la fila? —pregunté. El joven asintió. Siempre he pensado que era una pregunta retórica y absurda.
Al fondo, casi donde no me llegaba la vista, se intuía más ajetreo. Me pudo la curiosidad. Dejé el carrito como salvaguarda de mi sitio en la fila y me acerqué. Un grupo de niños lloraba sin cuartel en el descansillo situado cerca de la salida, tras los arcos de seguridad de las cajeras. Habían quedado allí los pobres y los padres discutían los unos con los otros y los otros con los cajeros y los cajeros y los padres con los responsables y éstos a su vez con el jefe. Alguien había llamado a la policía en vano, pues a decir verdad, allí también se encontraba una pareja de la guardia civil y tampoco podían salir.

Susana seguía llorando en el exterior. Habían llegado también mis padres, mis hermanos. Casi todos usaban gafas de sol, a pesar de que estaba nublado.

Por la emisora de radio de los guardias, se oían comandos incomprensibles para los que estábamos allí “ B24 a G110, repito B24 a G110. Esperad refuerzos y manténganse alerta”. Me dieron ganas de preguntar qué era B24 y qué G110, pero salí de dudas al oír a uno de ellos “esto va en serio… ¡alerta a nivel nacional!”. “Sí va para largo”, dijo el otro. Estábamos todos literalmente encerrados, confinados por lo que parecía ser una agresiva estrategia comercial que se les había ido de las manos en todos los supermercados de todos los centros comerciales.
Un hombre con un delantal de pescadero, botas verdes de pescadero y cofia de pescadero estaba comentando que la noche anterior pudo ver cómo unos técnicos instalaron unas pantallas justo antes de la salida y unos sensores que registraban temperatura, patrones faciales y no sé qué más y que en breves segundos calculaba el grado de felicidad de las personas.
El compromiso que habían adquirido es que ningún cliente podía salir insatisfecho de los recintos, y lo habían llevado a cabo de manera literal. Eso explicaba que la mayoría de los niños pasaran la prueba sin problemas. La puerta se cerraba automáticamente una vez finalizado el test y era imposible burlarla, manipularla o bloquearla.

Susana, mi familia y mis amigos no dejaban de mirarme. No lo sabía, pero lo intuía. Sentía la presión de ser observado. Comenzó a llover, aunque no se quitaban las malditas gafas.

Por megafonía trataron de tranquilizarnos poniendo a nuestra disposición bebidas de manera gratuita e improvisaron asientos con cajas para la gente mayor. La tensión y frustración poco ayudaban a encontrar la felicidad necesaria para poder salir de allí.
Tras una intensa espera llegó mi turno. Tragué saliva. Pasé por la cinta transportadora media docena de huevos, una caja de leche, jamón cocido y pan (aunque ya no supe para qué). En el momento de pagar la pantalla escaneó mi rostro. Segundos que se me antojaron horas, durante los cuales pensé en que yo no era un niño, pensé en Susana y en que era razonablemente feliz. Las puertas hicieron un crujido, seguido de un temblor. En ese momento se abrieron. Todo el mundo se abalanzó sobre ellas para salir de allí, aquello me cogió de improviso y caí al suelo. Más tarde apenas pude distinguir zapatos, piernas, cabezas, ropa y más tarde, la completa oscuridad.
Yo no dejaba de repetirme que las puertas se habían abierto y que por lo tanto era una persona feliz. ¡Una persona feliz! Eso explicaba la mueca imborrable, ese rictus mortuorio que me acompañaría de por vida.

Susana esperaba en el exterior. A mí me ya me cubrían de tierra, pero no se podía quejar, la estaba despidiendo con la mejor de mis sonrisas.

No lavar a mano


Yo tenía el fuerte compromiso de no ganar más peso. Un solo gramo más y los botones podrían explotar o la tela rasgarse. ¡Lo que engorda el Prozac!  Al fin y al cabo aquella camisa es lo único que me quedaba de ti. Ahora el compromiso no es contigo, tampoco conmigo mismo, es con tu camisa o la mía, según se mire.

El mentiroso (aborto de soneto)


Uno no lo hace por vicio, sino por necesidad,
por necesidad de sobrevivir, por egoísmo.
Hace falta vivir una edad, de niño no es lo mismo.
La primera con un guiño, te la sueltan tus padres por piedad.

Es debilidad y cobardía, de un disfraz el antifaz.
La mentira piadosa la que se cree uno mismo,
tres hacen falta, dos si se apura el cinismo.

Farsa, trola, tantos antónimos de la verdad,
que cuesta reconocerla frente al espejo
Es un mal necesario, la condena a diario
y más útil que un diccionario de latín.

De ser compulsiva, un calvario, de la vida un reflejo,
rara como en la entrada de cine un notario.
Quejarme no me quejo pero voy a darle a esto fin.

REHAB


Buen relato y buen trabajo de investigación! Parece que esta vez nos ha unido eso de perder manos…

Apenas puedo respirar. Mis pulmones arden, al igual que el edificio, y el calor de las llamas es insoportable. Sé que no debo abrir la puerta, pero no hay otra salida. Me arrastro hasta ella, los ojos resecos envueltos en lágrimas, y estiro mis dedos hacia el pomo. El dolor sordo de su contacto sobre la piel me arranca un aullido.

Voy a morir.

Despierto empapado en sudor. Han pasado ocho semanas desde el incendio, pero las pesadillas no remiten. La auxiliar de enfermería entra y me pregunta qué tal me encuentro. Levanto el brazo derecho y le muestro el lugar donde antes estaba mi mano. «Sigue sin crecer». Ella deja las sábanas sobre la mesa: «Tienes rehabilitación en veinte minutos». Me ayuda con el aseo y la ropa.

Oculto el muñón bajo la manga siempre que salgo a los pasillos. Era mi mano buena, la de dibujar. Ahora ya…

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La cola de lagartija, el gusano planario y una medusa llamadaTurritopsis Nutricula


images (1)Aquella tarde, bajo el microscopio, dio con la clave de su estudio. Ya podía ver el Nobel de medicina en su estantería.

En los días siguientes siguió con su hoja de ruta planeada. El primer ensayo fue cercenar su mano artrítica. El resultado fue que al día siguiente le había crecido una nueva, a estrenar.

A la mano le siguió la rodilla lesionada esquiando,  el pie del accidente de moto… Hasta que en la última edición de la revista Science leyó que el gusano planario podía regenerar su cabeza.

Murió de inanición. No supo calcular que la regeneración de su cabeza tardaría más de un día.

Desayuno de cumpleaños


Agazapado en la escalera de incendios de un sucio y mal iluminado callejón, coloco el silenciador a mi arma. Faltan tres minutos para las docede la noche y casi una hora para el cierre del local, pero si no acabo hoy con mi objetivo me quedaré sin el dinero. Por suerte las calles están desiertas, una de las ventajas de trabajar en ciudades de provincias durante el invierno.

Se abre la puerta lateral de la sala de baile que vigilo y el ritmo de un tangorasga el silencio. Un camarero saca las basuras al contenedor, se fuma un cigarro y vuelve a entrar.

La espera me aburre. Jugueteo con una moneda vieja de veinticinco pesetas, mi talismán, recogida del bolsillo izquierdo de mi primer cadáver. Todos los asesinos a sueldo somos un poco supersticiosos y nunca realizo un encargo sin ella.

Una pareja joven que pasa por el…

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