EL DISCURSO DEL PRESIDENTE


images (1)Sentado sobre el taburete en aquel lúgubre antro de luces de neón fundidas, discernía sobre las analogías entre los riesgos y el alcohol, bajo el prisma que ofrecía el penúltimo chupito de Chivas. Susi le acercó la corbata y echó el cierre.

«El alcohol le sirve a uno para desprotegerse, romper la coraza y afrontar un nuevo escenario de realidad con cierto júbilo. La prima del seguro protege de la incertidumbre, construye un nuevo caparazón y otorga relativo confort. Ambos circunstanciales y efímeros», pensó el señor Huertos.

Allí nadie sabía quién era él. No le hacían preguntas. No les importaban las respuestas. Un día se hacía pasar por fontanero, al otro por colombicultor. Pero aquel día se quedó desnudo demasiado tiempo, demasiado pronto y se vio obligado a encontrar en aquel primero lo que daba el segundo: seguridad.

Soltó sobre la barra del bar un billete de cincuenta euros, no espero al cambio, ya tocaría ajustar cuentas con Susi. Mientras esperaba al chófer, abrió su maletín de cuero y repasó sus notas “retribución accionistas”, “diversificación del negocio”, “el reaseguro en Latinoamérica”, “nombramientos”…, hoy le tocaba presidir una compañía.

Llenando huecos


Mi recuerdo, la estancia y la luz que se filtraba en ella a través de la persiana permanecían suspendidos e inalterados. Encima de su sillón orejero el periódico amarilleaba abierto por los pasatiempos. El barquito de vela al que tantas horas dedicó mi padre deimages manera meticulosa continuaba encerrado en el interior de la botella de cristal. Él se defendía de aquellas horas muertas argumentando que era simple deformación profesional. No había otro perito en su compañía de seguros capaz de valorar cada siniestro de manera tan concienzuda y perfeccionista. Pieza por pieza como si se tratara de las partes del timón, desgranaba, revisaba, evaluaba y volvía a colocar cada pieza del vehículo. Jamás regresaba a casa dejando su trabajo a medio terminar.

Cuando volví a aquel crucigrama en el que había empleado sus últimos días, dudé si rematar lo que él empezó o dejarlo intacto en su memoria. Me senté en el sillón. En la décima columna estudié la definición “Conjunto diverso y cambiante”. Tardé hasta encontrar la solución: Caleidoscopio.

Quién sabe… quizá yo hubiera podido llegar a ser tan buen perito como él o quizá, ahora que ya había terminado su crucigrama, mi padre regresaría a casa.

El tomador


Mire usted no lo voy a engañar, que una es muy mayor para inventarse historias y llevo media hora colgada al teléfono. El caso es que Churros, mi gato, estaba muy rebelde anoche, y en una de las suyas, dio a la percha que cayó al suelo, golpeando al joyero que me regaló mi madre y llevándose por delante el reloj, herencia familiar, y que tanta ilusión me hizo. Fue entonces, cuando mi esposo llamó por el interfono, yo le abrí, Churros bufó encaramado al televisor de plasma, mi marido entró en la habitación como elefante en una cacharrería, tropezó con la percha y con ese cuarenta y cinco que calza,  acabó por destrozar el reloj.

– Discúlpeme señora. Insisto. Necesito saber si su marido es el tomador.- inquirió el tramitador de siniestros.

– Pero sí ya se lo he dicho: mi marido ayer celebrando la victoria del Atlético, se puso hasta arriba y como él no acostumbra, pues claro tomar, lo que se dice tomar…tomó. Pero no entiendo como eso puede influir en que Churros anoche golpeara la percha y el otro rompiera él reloj de mi abuela. Y todo fue porque el maldito gato golpeó… ¿oiga? ¿sigue ahí? ¿oiga?

Perspectiva


Siglo XXIII. A un lado del ventanal, el mismo horizonte de siempre, tan perfecto como artificial, y donde no se han molestado en programar ni una nube, da los buenos días.  Del otro lado, la armonía del salón neumático e inmaculado, sólo es perturbada por mis reflexiones y ese tocadiscos que tan inútil como oxidado,  es incapaz de emitir música o voces o ruido o algo distinto de la nada.

Atrás quedaron los tiempos en que los ciudadanos aseguraban su vida, su salud, su automóvil, la rentabilidad de sus inversiones… ¡Ay! si levantaran la cabeza y pudieran vernos ahora. Ahora las personas mueren por decisión propia. Ahora no hay antibióticos, ni antiinflamatorios ni calmantes porque, lejos de mitigar los síntomas, las enfermedades se atajan con acierto y genética. Tampoco hay accidentes, ni incendios, ni inversiones, ni compañías de seguros. No hay margen para el error, ni error, porque a diferencia de ayer, todo es predecible, fiable, seguro y cierto.

***

La aguja comienza a rallar el vinilo que gira descontroladamente. Una extraña melodía sorprende a mis pensamientos. Miro de nuevo al horizonte, presiento cómo la vida continúa latiendo ahí detrás. Quién sabe, quizá no deba darlo todo por perdido.