El mentiroso (aborto de soneto)


Uno no lo hace por vicio, sino por necesidad,
por necesidad de sobrevivir, por egoísmo.
Hace falta vivir una edad, de niño no es lo mismo.
La primera con un guiño, te la sueltan tus padres por piedad.

Es debilidad y cobardía, de un disfraz el antifaz.
La mentira piadosa la que se cree uno mismo,
tres hacen falta, dos si se apura el cinismo.

Farsa, trola, tantos antónimos de la verdad,
que cuesta reconocerla frente al espejo
Es un mal necesario, la condena a diario
y más útil que un diccionario de latín.

De ser compulsiva, un calvario, de la vida un reflejo,
rara como en la entrada de cine un notario.
Quejarme no me quejo pero voy a darle a esto fin.

Antes muerta que sencilla


imagesAquello no era una antigua plaza de toros, aquello era un museo de la tauromaquia convertido en el Centro Nacional de Entretenimiento. Sobre la arena, los dos círculos blancos y concéntricos habían sido sustituidos por sendas figuras con forma de margarita de al menos seis hojas. En el centro, un huevo de Dalí daba cierta consistencia al enjambre de parodias. Las personas habían acudido en masa. De hecho, la mayor parte se quedaron fuera, sin poder entrar.

En el exterior, las pantallas de plasma mostraban unos ojos de gato que dilataban sus pupilas y obnubilaba al respetable. En el interior, el espectáculo comenzaba con una tormenta de nubes de algodón que era acompañada por una batería de preguntas: “¿Qué queréis? ¿Queréis ser inmortales? ¡No os oigo!”

Un estruendo apoteósico perfeccionado por la acústica del lugar daba paso al protagonista de la noche. La puerta de chiqueros se abrió. En la boca del túnel, como contraposición a la oscuridad de antaño, un fuerte foco proyectaba una sombra gigantesca que desmerecía a Mr. Clock, un mestizaje de loro y papagayo, al que le habían fabricado a medida un micrófono. “Señoras y señores con todos ustedes Mr. Clock”, se dijo a sí mismo. El público enfervorecido jaleaba su nombre al unísono él decía “¿Míster…?” y el público repetía: “Clock”. Así durante un número de veces necesario para ganarse al público.  Acto seguido continuó su breve discurso: “Ha llegado el momento. El momento que cambiará vuestras vidas”. Anduvo unos metros y luego con un magistral vuelo se posó sobre el huevo.

 

Las cámaras hacían grande al pajarraco, indistinguible de otro modo desde la distancia. El huevo partió por la mitad, pese a que la apariencia era de acero macizo. Todo atrezo. De su interior salieron globos a medio hinchar con forma de reloj, apurando una nota mayor de surrealismo sostenido y bemol. Más tarde un gran sobre con unos números que a la postre darían con el ganador de aquello. Todas las personas miraron decepcionadas sus entradas excepto –obviamente– el afortunado. El estruendo se repitió seguido de un redoble de tambor. En medio de la exaltación enmudecida, un grito centró la atención.

 

Era una niña de catorce años. Sus padres lloraban, no sabemos si de pena o alegría. La muchacha bajó a la arena. Mr. Clock comprobó que los números eran idénticos. Abriendo sus alas señaló a un lado un cuchillo y al otro un maletín con dinero suficiente para cerrarle el pico a cualquiera. El foco se dirigió a ambos objetos. Luego a sus padres. Ella dudó. Tomó el cuchillo y lo hundió lentamente en su abdomen de izquierda a derecha. El público —padres incluidos— aplaudió con voracidad tal decisión. Bajaron. Tomaron el maletín y se hicieron una foto con Mr. Clock. Él podría dejar su trabajo como cartero y ella podría quedarse embarazada de nuevo.

 

Todo el mundo parecía disfrutar del nuevo reality: “Renovarse o morir”; incluso ella tendida sobre el suelo parecía sonreír a su modo. En el exterior aún continuaban hipnotizados con las pupilas de aquellos ojos de gato.

 

El último beso


esquizofreniaMi padre estaba tardando mucho. Demasiado y me aburría. Cerca de mí, alguien que aparentaba ser un doctor hablaba con un paciente. ¡Quién sabe! Allí era muy difícil distinguir quién era qué. No pude por menos que prestar atención a cómo el hombre de la bata le enseñaba al otro una foto. A juzgar por el montón de fotos que apilaba a un lado de la mesa iban a pasar allí toda la tarde. El otro lucía una melena algo desaliñada y parecía absorto en cada palabra que salía de su boca.  He dicho “lucía”, pese a lo desaliñado de su imagen, de manera intencionada y  por pura envidia porque yo sufro de alopecia. Pudiera ser que aquel paciente fuera también amigo de mi padre, quien por cierto, iba a demorar aún más mi visita.

El doctor no paraba de hablarle sobre las fotos, mira aquí estás en la boda de tu hermano ¿lo recuerdas? El paciente sin apartar la mirada de su boca sólo repetía una y otra vez ¿y María? El doctor le enseñó otra. Mira aquí, en Roquetas de Mar; verano del 93 con tus amigos Sergio y Paula. El otro comenzó a elevar el tono de voz ¿y María? ¿dónde está María?

¿Y ésta, qué te parece ésta? , dijo el doctor. Ésta es de cuando fuiste a Nueva York tú solo y no dejaste de hacerte fotos a ti mismo, creo que ahora lo llaman selfie. ¿Dónde está María? ¿qué la habéis hecho?, gritaba el otro. A juzgar por el tic del ojo y cómo desviaba el labio inferior parecía que el efecto de la medicación o no estaba surtiendo efecto o le tocaba una segunda toma en breve.

Miré el reloj, lo golpeé incluso, se me estaba haciendo eterno y busqué a alguna cuidadora o enfermera para que me explicara el motivo del retraso. Capaces serían de no haber avisado a mi padre. Cada vez confiaba menos en las personas, al menos en las personas que trabajaban cuidando a personas que acababan siendo tratadas como objetos. Volví a concentrarme en la enconada conversación que mantenían ambos confiando en que mi educación ganara el pulso a la desesperación y mi paciencia no se agotara antes que aquel montón de fotografías.

Ves, desde aquel viaje sólo apareces tú. Mira este eres tú en el restaurante estrella Michelin de Buitrago de Lozoya, mirando a no se sabe dónde, decía el doctor. Que te digo que estaba con María y que como no me digas qué habéis hecho con ella y porqué la habéis eliminado de todas esas fotos voy a armar la de San Quintín, protestaba el paciente.

Yo no entendía demasiado, pero al parecer le estaban volviendo más loco de lo que ya pudiera estar. Incluso a mí me entraron las dudas ¿y si habían hecho algo malo a esa tal María? ¿qué sabría ella para que la hubieran “eliminado”?

Cuando me disponía a hacerme más preguntas un derechazo derrumbó el montón de fotografías de un lado y un zurdazo hizo lo propio con el otro montón. El doctor se retiró provocando un ruido estridente de la silla en su roce contra el suelo que contó con mi total desaprobación y me puso de bastante mal humor. Dos fornidos enfermeros venían enfilados a por él, mientras gritaba “ ¡María! ¡quiero ver a María!”.

Algunas de las fotos que habían caído a mis pies mostraban al paciente cuando aún era joven y en la mayoría de ellas parecía fingir estar con alguien, pero en realidad estaba él solo. Por un instante me puse en su piel y la idea me aterró, pensar que en realidad toda tu vida has vivido con una pareja que es fruto de tu imaginación, no hizo más que aumentar mi mal humor y mi desconcierto.

Cansado, volví a mirar mi reloj. Hacía más de dos horas que esperaba ver a mi padre, sólo quería darle el beso de buenas noches que ya estaba muy mayor y uno nunca sabe lo que puede suceder. Miré a una enfermera y comencé a increpar “¡Señorita! ¡Señorita! ¡Que va a ser la hora de cenar y aún no ha venido mi padre!”, pero ella me ignoró. Es entonces cuando comencé a gritar aún más alto “¡Mi padre! ¡Quiero ver a mi padre!” y a notar mi rostro extrañamente desencajado. Percibí que otros  dos enfermeros en apariencia igual de fornidos que los anteriores se dirigían enfilados hacia mí.  ¡Quién sabe! Allí era muy difícil distinguir quién era qué.