El súper


felizSusana esperaba en el exterior. No paraba de llorar.

Faltaban unos minutos para el mediodía y yo acababa de entrar en el supermercado de siempre. Tenía que comprar cuatro cosas: huevos, pan, leche y algo de embutido. Para ser las horas que eran, había allí mucha gente.
Fui directo al pasillo cuatro. Me conocía casi al dedillo aquel sitio. Aunque aquel cartel publicitario había pasado totalmente desapercibido ya que, aparentemente, era como otro más. Decía algo así como “Sábado 5… ¡No se querrá ir!”.
A mitad del pasillo de congelados, a unos veinte metros de la cajera, las personas se amontonaban y se miraban algo desquiciadas. Algunos clientes observaban el reloj, resoplaban y otros simplemente miraban al frente sin hacer nada.
—¿Es usted el último de la fila? —pregunté. El joven asintió. Siempre he pensado que era una pregunta retórica y absurda.
Al fondo, casi donde no me llegaba la vista, se intuía más ajetreo. Me pudo la curiosidad. Dejé el carrito como salvaguarda de mi sitio en la fila y me acerqué. Un grupo de niños lloraba sin cuartel en el descansillo situado cerca de la salida, tras los arcos de seguridad de las cajeras. Habían quedado allí los pobres y los padres discutían los unos con los otros y los otros con los cajeros y los cajeros y los padres con los responsables y éstos a su vez con el jefe. Alguien había llamado a la policía en vano, pues a decir verdad, allí también se encontraba una pareja de la guardia civil y tampoco podían salir.

Susana seguía llorando en el exterior. Habían llegado también mis padres, mis hermanos. Casi todos usaban gafas de sol, a pesar de que estaba nublado.

Por la emisora de radio de los guardias, se oían comandos incomprensibles para los que estábamos allí “ B24 a G110, repito B24 a G110. Esperad refuerzos y manténganse alerta”. Me dieron ganas de preguntar qué era B24 y qué G110, pero salí de dudas al oír a uno de ellos “esto va en serio… ¡alerta a nivel nacional!”. “Sí va para largo”, dijo el otro. Estábamos todos literalmente encerrados, confinados por lo que parecía ser una agresiva estrategia comercial que se les había ido de las manos en todos los supermercados de todos los centros comerciales.
Un hombre con un delantal de pescadero, botas verdes de pescadero y cofia de pescadero estaba comentando que la noche anterior pudo ver cómo unos técnicos instalaron unas pantallas justo antes de la salida y unos sensores que registraban temperatura, patrones faciales y no sé qué más y que en breves segundos calculaba el grado de felicidad de las personas.
El compromiso que habían adquirido es que ningún cliente podía salir insatisfecho de los recintos, y lo habían llevado a cabo de manera literal. Eso explicaba que la mayoría de los niños pasaran la prueba sin problemas. La puerta se cerraba automáticamente una vez finalizado el test y era imposible burlarla, manipularla o bloquearla.

Susana, mi familia y mis amigos no dejaban de mirarme. No lo sabía, pero lo intuía. Sentía la presión de ser observado. Comenzó a llover, aunque no se quitaban las malditas gafas.

Por megafonía trataron de tranquilizarnos poniendo a nuestra disposición bebidas de manera gratuita e improvisaron asientos con cajas para la gente mayor. La tensión y frustración poco ayudaban a encontrar la felicidad necesaria para poder salir de allí.
Tras una intensa espera llegó mi turno. Tragué saliva. Pasé por la cinta transportadora media docena de huevos, una caja de leche, jamón cocido y pan (aunque ya no supe para qué). En el momento de pagar la pantalla escaneó mi rostro. Segundos que se me antojaron horas, durante los cuales pensé en que yo no era un niño, pensé en Susana y en que era razonablemente feliz. Las puertas hicieron un crujido, seguido de un temblor. En ese momento se abrieron. Todo el mundo se abalanzó sobre ellas para salir de allí, aquello me cogió de improviso y caí al suelo. Más tarde apenas pude distinguir zapatos, piernas, cabezas, ropa y más tarde, la completa oscuridad.
Yo no dejaba de repetirme que las puertas se habían abierto y que por lo tanto era una persona feliz. ¡Una persona feliz! Eso explicaba la mueca imborrable, ese rictus mortuorio que me acompañaría de por vida.

Susana esperaba en el exterior. A mí me ya me cubrían de tierra, pero no se podía quejar, la estaba despidiendo con la mejor de mis sonrisas.

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