Posología de la felicidad


images (1)Esto está comprobado. No científicamente, pero está comprobado. Si no me creéis podéis preguntar a mi amiga. Al menos con ella funcionó. Todo ocurrió en el desayuno. Ella no dejaba de quejarse de lo desgraciada que era. Me hablaba de su pareja, de la indiferencia que tenía que soportar, del trabajo y sus injusticias. Se lamentaba de su propio carácter, de su forma de ser y del estado de nervios que le ponía su hija cuando llegaba a casa borracha o fumada.

Normalmente no suelo pecar de pedante, pero tiré de mis experiencias vividas en los múltiples viajes que hice cuando escribía para una guía de viajes. De esta manera, cuando estaba prácticamente acabando el café y mi paciencia, justo en el momento en que ella estaba con los ojos vidriosos hablándome del enésimo desprecio que había tenido aquella mañana, le conté el secreto.

– Hay una técnica que desde los psicólogos de Nueva York, hasta los budistas nepalíes aplican desde tiempos inmemoriales y funciona para resolver todos tus problemas– la interrumpí.

Ella dejó de dar vueltas con los dedos al envoltorio de la magdalena.

– El truco está repetir la palabra tal y como yo te diga y de manera rápida, sin pensar en lo que estás diciendo.

– Repite conmigo “Mesuaño”– la dije.

–Mesuaño – dijo ella titubeando.

–Mesuaño– dije rápidamente

–Mesuaño– repitió

–Mesuaaaaño– dije

–Mesuaaaaño– repitió ella con una sonrisa, sin darse cuenta de que se estaba olvidando todas sus sombras.

–Mesuaaooooño

–Mesuaaooooño –repitió entre dientes.

–No te rías o no fucionará. Sigamos…Mesuaatoooño

–Mesuaatoooño –repitió

–Mesuaatoroño –insistí

–Mesuaatoroño

–Mesuaatoroño

–Mesuatorcoño

–Mesuatorcoño

–Mesudaatorcoño

–Mesudaatorcoño

–Me suda todo el coño– dije.

–Me suda….– titubeó– ¡me suda todo el coño!– gritó en medio de la cafetería. Todos nos miraron. Yo me encogí de hombros y la gente paulatinamente siguió a la suyo, recuperando la cafetería los decibelios que entran en su definición.

–Ves, ¿a qué ya estás mejor?… –me reafirmé– pues esto debes repetirlo todos los días y vayámonos que nos ha invitado el camarero.

La prima Vera


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Yo era muy pequeño. Tenía esa edad en la que se confunden imaginación, realidad e ingenuidad. Aquella donde un salto entre dos adoquines y un charco, suponía cruzar por  los rápidos de un río. Aquella en la que miraba a mi padre como como a un superhéroe. Aquella en la que a mi profe de matemáticas Don Eustaquio, yo le llamaba “doneustaquio”,  así, todo junto. Pensándolo bien, aún me resisto a creer que la primavera no es esa época del año en la que Vera, la prima del pueblo de mi madre, venía a vernos todos los años. Pensándolo bien, quizá me cueste olvidar esa edad.