La herencia del recuerdo


Por un momento quedó paralizado, aunque la ilusión hizo que continuara. No quedaba luz para que aquella caja de latón brillara, pero la tomó en sus manos como un extraño recuerdo que aún estaba por venir. Abrió como pudo lo que fue en su día una caja de galletas. En su interior apareció un recorte de un periódico local, una foto y un muñeco de naranjito (mundial 82). En la noticia aparecía su abuelo. Alguna vez siendo un niño su abuelo le habló de fabricar una cápsula (caja) del tiempo y allí, en ese instante, aquellas palabras fueron recuperadas del olvido.

***

 

Por alguna extraña razón aquella tarde decidió sentarse en el banco que quedaba frente al estanque del parque situado próximo a la estación de tren. Aprovechó los últimos rayos de sol y se inundó por completo del aroma a lavanda de los jardines circundantes. Todos los días venía del trabajo y hacía el mismo recorrido, ya fuera invierno o verano, lloviese o picara el sol, bajaba del andén, cruzaba la carretera y seguía el camino de arena que dejaba la vegetación, pero nunca, nunca jamás, había reparado en aquel banco, ni había sentido el impulso de detenerse y observar el banco con detenimiento. Su acero forjado. Sus láminas de manera barnizada y sus cicatrices esculpidas con nombres, fechas y algunos otros símbolos incomprensibles.

Con los ojos cerrados recordó que cuando era un crío a menudo soñaba que escarbaba debajo del banco con una cucharilla de las que regalaban con la tarrina de helado de leche helada y canela. En realidad la cucharilla la regalaban con todas las tarrinas, pero la de helado de leche era su preferida. Al comenzar a escarbar no obtenía ningún resultado. Sólo tierra y más tierra, arena y más arena. Pero pasado unos instantes, previos a la desesperación, tocaba algo metálico y como los buenos arqueólogos soplaba para descubrir un brillo metálico de una moneda de cien pesetas. Y al quitar ésta, aparecían inmediatamente otras dos más y así sucesivamente hasta llegar a la extenuación. Luego despertaba con una impresión confrontada por un lado triste por seguir siendo pobre y por otro alegre porque librarse de aquella sensación de agonía insaciable.

Abrió los ojos, apenas quedaba luz suficiente, aun así miró al suelo. Allí, cerca de la pata del banco, la tierra parecía removida y una de las señales marcadas en la madera le resultaba un tanto familiar. Decidió probar suerte y abrió la fiambrera del trabajo para hacerse con una cuchara para poder ahondar en la tierra húmeda. Sacó tierra y más tierra, arena y más arena y cuando iba a darse por vencido tocó algo metálico.

En ese instante unos pitidos del tren de Cercanías lo despertaron. Confuso, se preguntó si habría algo de verdad y de ser así, por qué no le dejó ninguna pista.

Le quedaba una estación para llegar a casa, una estación para cruzar el parque y una estación para encontrar ese banco donde los dos daban de comer a las palomas.

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