Ángulo muerte


<<— Pero ¿por qué ángulo maestro?

—Es muy sencillo: ángulo es la medida de los grados, en caso de visión o de ausencia de ella. La visión frontal se caracteriza por ser la de ciento ochenta grados no así  la visión lateral que puedan tener las gallinas u otras aves.

— ¿Y no sería mejor “muerto” que “muerte”?

—En absoluto…

—Por simple concordancia digo. “Muerto” en este caso es un adjetivo y muerte un sustantivo, en cuyo caso lo correcto sería “muerte angulosa”, maestro. —interrumpió.

—Más allá del punto de vista gramatical, aquí la relevancia es la thanatos  y conceptualmente esa visión sesgada de allá donde ponemos el foco, donde ponemos la luz. Ocultando deliberadamente a nuestra mirada y consciencia aquello que existiendo no existe.

—Quizá con un ejemplo me ayudaría — le inquirió a Sócrates.

—Aquellas amistades que crees perdidas, pero que no dejan de recordarte en uno u otro momento. Aquellos familiares que das por perdidos, pero que continúan sus vidas a pesar de la ignorancia de su paradero. Las cenizas de tu primer amor. Los recuerdos y las experiencias que forman los mismos, las vivencias que han forjado tu personalidad e incluso todo aquello que siendo inminente, está aún por venir… todo ello se encuentra en una zona, en un ámbito o escenario mudo y ciego, que no por ello significa e implica su muerte, sino que simplemente está, sin ser visto o sentido, como todo aquello que sin poder ser explicado o demostrado existe. >>

 

La alarma del reloj de Smith reflejaba que habían pasado los veinte minutos de descanso de su almuerzo y debía volver a la cadena de producción.

Se levantó, cerró el libro “El Discurso de Platón” y tomó un bolígrafo y un papel. Escribió unas breves palabras y las dejó en el buzón de sugerencias de B.N. Corporated.

Desde aquel entonces B.N. Corporated tiene la patente del ángulo muerto de todos los retrovisores del mundo. Ya saben para prevenir de ese sitio donde pueden existir personas olvidadas que en ciertos momentos no vemos.

 

In memoriam

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Rehabilitación


imagesEra más que un simple robot, más que cables, microchips, programas computacionales e inteligencia artificial. También tenía sangre. Un líquido viscoso y del color de uva madura se derramaba incompasible ante su mirada y resbalaba por sus antebrazos. El bebé yacía inerte en su regazo.

Quien le conociera sabía bien que tiempo atrás habría sido incapaz de hacer tal afirmación, pero ahora ninguno de los allí presentes se atrevió a discutirle que aquel era su hijo. El niño tenía los mismos ojos que su abuelo y la nariz de su abuela. Exacta y genéticamente los mismos. Del resto se le podría sacar parecido a su madre. Sin duda había salido a ella. Bueno, a ella y a aquel catálogo de apéndices corporales que, como si fuera una revista de moda o costura, se guardaba en la tercera balda del mueble del salón. Diferentes morfologías de narices y orejas estereotipadas que a base de constancia se había ganado la normalización en aquel salón y ninguno, ni el médico, ni el informático ni el de la funeraria, ni los familiares mismos se extrañaban de que aquello, que hoy en día supondría una aberración, resultara convencional ante sus ojos, que ajenos y propios se habían acomodado a la nueva realidad con una facilidad pasmosa.

El de la funeraria, un tipo de apariencia extraña, se le acercó y de manera casi imperceptible al oído humano, le ofreció varios servicios que había contratado desde hace tiempo para este tipo de circunstancias. El padre le miró de manera sentenciosa. El tipo se apartó. Lenta y sigilosamente retrocedía dando pasos atrás como si estuviera escapando del posible ataque de una fiera de la selva.
No quería oír ni hablar de resurrección, ni entierro.

Con mimo se liberó las manos y fue al baño. Abrió el grifo de agua caliente y con suavidad y parsimonia fue limpiándose los brazos. Librándose de esa sensación viscosa sobre su piel, al mismo tiempo que limpiaba y ordenaba sus pensamientos. Apesadumbrado, sentía que lo que más le gustaba de su bebé, era aquello intemporal y duradero que lo rodeaba: la calidez de su mirada, la suavidad de su piel y el olor a nuevo. Todo ello junto al fulgor de su sonrisa, eran características propias que lejos de perderse con el paso del tiempo podían permanecer inalteradas, aunque se quedase mellado o tuerto.

Se estaba secando  cuando la desdicha le invadió, pues fue sabedor de que jamás podría corroborar todo lo anterior.

Mientras regresaba al salón, las palabras de aquel tipo resonaban en su conciencia. “Rehabilitación”. Esta era la palabra técnica, el eufemismo que utilizaban para comunicarle que le podían devolver lo que esa noche había perdido. A pesar de que el bebé no sería el mismo y aunque de hecho así fuera, valoraba dicha opción sin percatarse de que él tampoco sería el mismo. Ni ella. Su mujer, que llevaba horas con la mirada perdida, ya no era su mujer… sino otra cosa.

Fue a la cocina por impulso, bebió un vaso de agua. Recordó cómo empezó todo. Como si de la adquisición de una mascota se tratase. Un encargo material que podría apaciguar de manera artificial el deseo de maternidad. El producto de consumo que apaciguaba una frustración. Se preguntó por qué tener un hijo natural no había estado al alcance de su familia, en qué momento sus antepasados habían perdido ese derecho y por qué sólo se lo podían permitir unos pocos. Todas las respuestas posibles llegaban tarde. Dinero o esterilización. Ni si quiera existía un mercado negro al que acudir para evitar lo otro sin lo uno.

Cerró la puerta del frigorífico. No recordaba haberlo abierto ni el porqué. Abrió un cajón. Cogió de la cubertería ese cuchillo que nadie usa normalmente. De mango perfectamente balanceado y una hoja ancha de más de tres centímetros. Puso la mano sobre la encimera de madera donde solían filetear el pollo. Un líquido viscoso comenzó a brotar de sus falanges. A su manera se aseguró de que él no era más que un simple robot. Acto seguido se dirigió al comedor. Su mujer y su bebé de juguete seguían exactamente igual que los había dejado. La familia enmudeció al verle. El resto salió por la puerta de la casa como si hubiera un incendio, en orden, con calma pero sin pausa.

Antes de que él saliera de dudas existenciales, a ella le brotaron dos lágrimas de los ojos, pero ninguno de los dos supo qué hacer con ellas.

Rimas sobrevenidas


El ayer es un hoy trasnochado.

La nostalgia se ve denostada y triste.

Ahora, que no te dejan ojos más que al mañana,

yo os digo ¡no me da la gana!

¿Que la vida es banal? Sí, un chiste.

Pero puedes, sin ser señalado,

cambiar pecho y espalda por costado,

dirigir tu mirada allá donde se viste

tu querer frustrado con sus canas.

Porque a todos nos cantaron nanas,

que no te impidan añorar lo que fuiste,

que el pluscuamperfecto no es futuro, sino pasado.

Y carpe diem! si quieres jugar al despiste.

 

El súper


felizSusana esperaba en el exterior. No paraba de llorar.

Faltaban unos minutos para el mediodía y yo acababa de entrar en el supermercado de siempre. Tenía que comprar cuatro cosas: huevos, pan, leche y algo de embutido. Para ser las horas que eran, había allí mucha gente.
Fui directo al pasillo cuatro. Me conocía casi al dedillo aquel sitio. Aunque aquel cartel publicitario había pasado totalmente desapercibido ya que, aparentemente, era como otro más. Decía algo así como “Sábado 5… ¡No se querrá ir!”.
A mitad del pasillo de congelados, a unos veinte metros de la cajera, las personas se amontonaban y se miraban algo desquiciadas. Algunos clientes observaban el reloj, resoplaban y otros simplemente miraban al frente sin hacer nada.
—¿Es usted el último de la fila? —pregunté. El joven asintió. Siempre he pensado que era una pregunta retórica y absurda.
Al fondo, casi donde no me llegaba la vista, se intuía más ajetreo. Me pudo la curiosidad. Dejé el carrito como salvaguarda de mi sitio en la fila y me acerqué. Un grupo de niños lloraba sin cuartel en el descansillo situado cerca de la salida, tras los arcos de seguridad de las cajeras. Habían quedado allí los pobres y los padres discutían los unos con los otros y los otros con los cajeros y los cajeros y los padres con los responsables y éstos a su vez con el jefe. Alguien había llamado a la policía en vano, pues a decir verdad, allí también se encontraba una pareja de la guardia civil y tampoco podían salir.

Susana seguía llorando en el exterior. Habían llegado también mis padres, mis hermanos. Casi todos usaban gafas de sol, a pesar de que estaba nublado.

Por la emisora de radio de los guardias, se oían comandos incomprensibles para los que estábamos allí “ B24 a G110, repito B24 a G110. Esperad refuerzos y manténganse alerta”. Me dieron ganas de preguntar qué era B24 y qué G110, pero salí de dudas al oír a uno de ellos “esto va en serio… ¡alerta a nivel nacional!”. “Sí va para largo”, dijo el otro. Estábamos todos literalmente encerrados, confinados por lo que parecía ser una agresiva estrategia comercial que se les había ido de las manos en todos los supermercados de todos los centros comerciales.
Un hombre con un delantal de pescadero, botas verdes de pescadero y cofia de pescadero estaba comentando que la noche anterior pudo ver cómo unos técnicos instalaron unas pantallas justo antes de la salida y unos sensores que registraban temperatura, patrones faciales y no sé qué más y que en breves segundos calculaba el grado de felicidad de las personas.
El compromiso que habían adquirido es que ningún cliente podía salir insatisfecho de los recintos, y lo habían llevado a cabo de manera literal. Eso explicaba que la mayoría de los niños pasaran la prueba sin problemas. La puerta se cerraba automáticamente una vez finalizado el test y era imposible burlarla, manipularla o bloquearla.

Susana, mi familia y mis amigos no dejaban de mirarme. No lo sabía, pero lo intuía. Sentía la presión de ser observado. Comenzó a llover, aunque no se quitaban las malditas gafas.

Por megafonía trataron de tranquilizarnos poniendo a nuestra disposición bebidas de manera gratuita e improvisaron asientos con cajas para la gente mayor. La tensión y frustración poco ayudaban a encontrar la felicidad necesaria para poder salir de allí.
Tras una intensa espera llegó mi turno. Tragué saliva. Pasé por la cinta transportadora media docena de huevos, una caja de leche, jamón cocido y pan (aunque ya no supe para qué). En el momento de pagar la pantalla escaneó mi rostro. Segundos que se me antojaron horas, durante los cuales pensé en que yo no era un niño, pensé en Susana y en que era razonablemente feliz. Las puertas hicieron un crujido, seguido de un temblor. En ese momento se abrieron. Todo el mundo se abalanzó sobre ellas para salir de allí, aquello me cogió de improviso y caí al suelo. Más tarde apenas pude distinguir zapatos, piernas, cabezas, ropa y más tarde, la completa oscuridad.
Yo no dejaba de repetirme que las puertas se habían abierto y que por lo tanto era una persona feliz. ¡Una persona feliz! Eso explicaba la mueca imborrable, ese rictus mortuorio que me acompañaría de por vida.

Susana esperaba en el exterior. A mí me ya me cubrían de tierra, pero no se podía quejar, la estaba despidiendo con la mejor de mis sonrisas.

No lavar a mano


Yo tenía el fuerte compromiso de no ganar más peso. Un solo gramo más y los botones podrían explotar o la tela rasgarse. ¡Lo que engorda el Prozac!  Al fin y al cabo aquella camisa es lo único que me quedaba de ti. Ahora el compromiso no es contigo, tampoco conmigo mismo, es con tu camisa o la mía, según se mire.

El mentiroso (aborto de soneto)


Uno no lo hace por vicio, sino por necesidad,
por necesidad de sobrevivir, por egoísmo.
Hace falta vivir una edad, de niño no es lo mismo.
La primera con un guiño, te la sueltan tus padres por piedad.

Es debilidad y cobardía, de un disfraz el antifaz.
La mentira piadosa la que se cree uno mismo,
tres hacen falta, dos si se apura el cinismo.

Farsa, trola, tantos antónimos de la verdad,
que cuesta reconocerla frente al espejo
Es un mal necesario, la condena a diario
y más útil que un diccionario de latín.

De ser compulsiva, un calvario, de la vida un reflejo,
rara como en la entrada de cine un notario.
Quejarme no me quejo pero voy a darle a esto fin.