4,7


Esa sensación en tu fuero interno de que no, de que va a resultar que no. Pero te dices que podría ser. Te descargaanimas y te lo repites. Y de tanto repetirlo te lo crees y entonces te dices que sí. Y lo que es peor, se lo dices a los que te preguntan. Pero luego, horas más tarde, días quizá, tomando por la mañana un zumo de naranja o tumbado por la noche en la cama, notas que algo no va bien. Como cuando intentas recordar inútilmente una palabra. Esa extraña sensación, esa intuición descreída, esos suspensos que llegaron al final de cada trimestre a casa de mis padres con la fingida esperanza de un “me ha salido bien aunque raspado”. Ese raspado es un 4,7.
No estoy hablando de un sentimiento de culpa que toda viuda tiene (eso no es un 4,7 eso es sentimiento de culpa) . Más bien hablo de descubrirse a uno mismo reafirmándose con un “estoy satisfecho, no he podido hacer más” y saber que sí, que siempre se puede y pudiste hacer más. No abandonarse a tu intuición porque ella (sin escrúpulo ninguno) te dice la verdad que no querías oír. Porque ¿quién quiere oírlo si apenas suena bien?. Es un deseo camuflado entre la certeza, un regalo despreciado por la razón. Es jurarte doce veces que no necesitas a esa persona a tu lado. Decepcionarla para lograr así su rechazo. Sentirte mejor por reafirmar una teoría que tú mismo has provocado. Es la profecía autocumplida.
Son esas noches en vela desvelando en secreto los momentos perdidos. Suponer que es mejor así. Seguir como un roedor girando y dando vueltas en la rueda de la rutina diaria, pero durmiéndote con un extraño sabor a derrota en el paladar. Aquello que no sabes, que intuyes, pero callas y ocultas y mientes pensando que si tú te lo crees, ocurrirá así en la realidad o dejará de ocurrir, según se mire. Pero no. Ya os lo adelanto. Esperar que sea otra cosa es como confiar en que tu intuición se equivoca. Que sí, que alguna vez lo hace, pero la evolución nos demuestra que si estamos aquí vivos es porque esa parte primitiva del hipotálamo nos ha guiado en nuestro pasado (perdonad que saque así y aquí sin más, el Punset que llevo dentro). Es tan difícil desaprender que por eso seguimos creyendo nuestras mentiras, seguimos probando suerte con nuestro talismán de manera irracional, ya que una vez sonó la flauta y porque (dicho sea de paso) ¡qué carajo! No hacemos mal a nadie.
Las veces que has dicho “ya lo sabía yo” y las que te has dejado embaucar. ¿Por qué? Porque es tentador, porque es un “casi”, una acertada aberración matemática. Un intervalo de confianza probabilística generado por la desconfianza. Es un ojalá. Una escalera que como las ilusiones ópticas no llevan a ninguna parte. Un apetito frustrado de antemano. Un tango bailado por Al Pacino en “Perfume de mujer”. Es pensar que mañana todo va a ir bien. Mejor. Que lo dejas cuando quieras porque está en tu mano el dejarlo, cuando lo único que sujeta esa mano es un frasco de ron. “Que si quiero puedo cambiar”, cuando lo que quieres es que cambie el otro.  Entrever que cuando en la relación de una pareja los dos se autoengañan, su mentira es la alianza más fuerte. Intuir que no, desear que sí. Intuir que sí y creer que no.

Todo eso es un 4,7.

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