Los besos nunca pueden ser impares


La clarividencia llegó en el escenario del instituto durante la representación de  “La cerillera”. Fue como un déjà-vu futuro filmado a cámara lenta, lo que me permitió evitar que a Pilar Rubio le cayera aquel foco. El público asistente titubeó al principio, pero cuando se percataron de mi proeza, saltaron de júbilo y aplaudieron a rabiar, como si del final de la obra se tratase. Me gané mi primer beso.

Nunca llegué a trabajar como actor, aunque visto con perspectiva, no me ha ido mal. Al poder predecir los infortunios con cierta antelación, mi compañía de seguros conseguía reducir y ajustar la siniestralidad, lo que reportaba pingües beneficios en la cuenta de resultados.

Esto fue así hasta que un día, por los pasillos de la sede social, noté un ir y venir de compañeros alterados. De aquel tumulto surgió… Pilar. Nos miramos y —pese a que había transcurrido más de veinte años—  me reconoció. En ese momento en el que sus ojos azules recuperaron la chispa perdida, en ese segundo donde su sonrisa correspondió a mi sonrisa, en ese momento cuando no vi cómo el falso techo se desprendía de manera fatídica sobre ella, en ese instante… perdí mi trabajo.

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