El monólogo


«Soy muy malo, malísimo. Soy de los que van al Mercadona cojo un racimo de plátanos de Canarias y al pesarlo pulsa la tecla 33 de bananas que son más baratas. Y no es que sea tacaño, no; es que soy mala persona. Por ejemplo salgo del parking gratuito del Corte Inglés cada dos horas y vuelvo a entrar para no pagar nada.

»He ido perfeccionando la técnica y ahora cuando nadie me ve, cojo la bolsa de plátanos (bananas para el cajero) y tiro de la bolsa hacia arriba de manera sutil, no sea que apoye todo su peso en la báscula.  Cuando viajé a  Tailandia lo hice sólo para colar las monedas de diez bahts por dos euros.

»Y ¿saben ustedes cómo se llama cuando mi amigo Justo da un susto a alguien? Pues…“ajustar”.»

Bebió un trago de agua. Hasta aquel entonces no hubo ni un conato de risa, ni mucho menos una muestra de júbilo. Apoyó el micrófono y bajó del escenario. Entre bambalinas un director de una compañía de seguros le esperaba para ofrecerle un empleo. El monólogo no le había gustado nada, pero le parecía la persona ideal para la lucha contra el fraude.

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