Antes muerta que sencilla


imagesAquello no era una antigua plaza de toros, aquello era un museo de la tauromaquia convertido en el Centro Nacional de Entretenimiento. Sobre la arena, los dos círculos blancos y concéntricos habían sido sustituidos por sendas figuras con forma de margarita de al menos seis hojas. En el centro, un huevo de Dalí daba cierta consistencia al enjambre de parodias. Las personas habían acudido en masa. De hecho, la mayor parte se quedaron fuera, sin poder entrar.

En el exterior, las pantallas de plasma mostraban unos ojos de gato que dilataban sus pupilas y obnubilaba al respetable. En el interior, el espectáculo comenzaba con una tormenta de nubes de algodón que era acompañada por una batería de preguntas: “¿Qué queréis? ¿Queréis ser inmortales? ¡No os oigo!”

Un estruendo apoteósico perfeccionado por la acústica del lugar daba paso al protagonista de la noche. La puerta de chiqueros se abrió. En la boca del túnel, como contraposición a la oscuridad de antaño, un fuerte foco proyectaba una sombra gigantesca que desmerecía a Mr. Clock, un mestizaje de loro y papagayo, al que le habían fabricado a medida un micrófono. “Señoras y señores con todos ustedes Mr. Clock”, se dijo a sí mismo. El público enfervorecido jaleaba su nombre al unísono él decía “¿Míster…?” y el público repetía: “Clock”. Así durante un número de veces necesario para ganarse al público.  Acto seguido continuó su breve discurso: “Ha llegado el momento. El momento que cambiará vuestras vidas”. Anduvo unos metros y luego con un magistral vuelo se posó sobre el huevo.

 

Las cámaras hacían grande al pajarraco, indistinguible de otro modo desde la distancia. El huevo partió por la mitad, pese a que la apariencia era de acero macizo. Todo atrezo. De su interior salieron globos a medio hinchar con forma de reloj, apurando una nota mayor de surrealismo sostenido y bemol. Más tarde un gran sobre con unos números que a la postre darían con el ganador de aquello. Todas las personas miraron decepcionadas sus entradas excepto –obviamente– el afortunado. El estruendo se repitió seguido de un redoble de tambor. En medio de la exaltación enmudecida, un grito centró la atención.

 

Era una niña de catorce años. Sus padres lloraban, no sabemos si de pena o alegría. La muchacha bajó a la arena. Mr. Clock comprobó que los números eran idénticos. Abriendo sus alas señaló a un lado un cuchillo y al otro un maletín con dinero suficiente para cerrarle el pico a cualquiera. El foco se dirigió a ambos objetos. Luego a sus padres. Ella dudó. Tomó el cuchillo y lo hundió lentamente en su abdomen de izquierda a derecha. El público —padres incluidos— aplaudió con voracidad tal decisión. Bajaron. Tomaron el maletín y se hicieron una foto con Mr. Clock. Él podría dejar su trabajo como cartero y ella podría quedarse embarazada de nuevo.

 

Todo el mundo parecía disfrutar del nuevo reality: “Renovarse o morir”; incluso ella tendida sobre el suelo parecía sonreír a su modo. En el exterior aún continuaban hipnotizados con las pupilas de aquellos ojos de gato.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s