Agorafobia o el miedo a soñar


taller-de-escritura-en-el-ascensor—¿Qué voy a hacer cuando me acuerde de ti? —le pregunté.

—Escribe —me dijo—. Siempre leo tu columna.

Mi saliva aún sabía a su piel. En la mía aún sentía sus uñas clavadas. Sus gemidos seguían encerrados en mis tímpanos y mis sentidos permanecían abandonados a ella. Embriagadora, sensualmente desgarradora y con esos ojos que todavía me miraban sin estar allí, ni siquiera entonces.

“Se encuentra usted en la planta baja” sentenció el altavoz del ascensor, pero me negaba a salir.

* * *

Ninguno de los dos debíamos estar allí a esas horas. Ella pulsó el botón de la planta 35 y el 38, no sin antes decirme “tú vas a la 38 ¿verdad?”. Sorprendido de que supiera al piso al que iba, sólo acerté a decir “Sí, gracias”. Nos habíamos cruzado mil veces por los pasillos, en la cafetería y cómo no en aquel ascensor, sin decirnos nunca nada salvo por las miradas.

Silenciosamente  comenzó a elevarse mientras los números del indicador luminoso aumentaban indiferentes a nosotros. El silencio resultaba tan incómodo como un slip ajustado. Ella se desabrochó el chaquetón, lo que aproveché para observar detenidamente cómo la camisa ceñía sus comedidos pechos, hasta notar que ella me devolvía la mirada. En aquel momento mi slip me quedaba aún más pequeño y el silencio era proporcionalmente más incómodo.

—La navidad es lo que tiene —dije yo. No sabía que quería haber dicho con eso.

—¿Qué tiene? —dijo ella —Pues eso, que es una locura de fechas. Guardé los regalos en la oficina, pero los niños lo merecen ¿o no?

—No suelo venir a la oficina tan tarde, aunque en mi caso no tengo la excusa de los hijos.

Yo no dejaba de tocarme el anillo de casado, que es lo que hago cuando estoy nervioso.

—Bueno, suelo venir siempre a esta hora porque me han dicho que es cuando están las mujeres más atractivas de la ciudad.

Pero ¿por qué había dicho aquello? ¿Acaso estaba flirteando como un quinceañero?, no era mi estilo y además la palabra traición no estaba escrita en mi diccionario.

Ella sonrió levemente, se mordió el labio inferior y dio un paso acercándose a mí. Apenas pude tragar saliva, en lo que se aventuraba como un acercamiento sexual inminente. Apreté mi espalda contra la pared y casi golpeo por error el panel de los botones.

—Espera, espera —le ordené.

No me podía creer que le estuviera pidiendo que se detuviera.

—¿No has notado que el ascensor se ha parado? Estamos en la 28 —dijo ella.

—¡Ah! —dije con cierta decepción.

Se acercó aún más y pulsó el botón de cerrar puertas. Por el altavoz se escuchó “pulse planta baja para seguir con su actual vida, cualquier otro piso para comenzar otra nueva”. Los dos nos quedamos petrificados, lo que suponía que aquella voz no había salido de mi imaginación. Entonces pudimos notar un temblor y de repente se volvió a poner en marcha. Estábamos demasiado cerca como para no olernos y demasiado cerca como para no imaginar que los botones que tocaba o desabrochaba no eran los del ascensor, sino los de mi camisa. Se abalanzó sobre mí, haciéndome sentir la humedad de sus labios. No tuve tiempo para pensar nada más. Ella debía sentir mi excitación, mis nervios, mi corazón en su boca, mi mano en su pecho y mi otra mano en aquella minifalda, que era la antesala de otra entrepierna también húmeda. Aún quedaban varios pisos para llegar allí donde las palabras dejan paso a los hechos. Palpé contundentemente su culo y a ella se le escapó un leve gemido, mientras inclinaba su cabeza hacia atrás. Comencé a besarle por el cuello, observé su sujetador negro y en el preciso momento que trataba de quitárselo, el ascensor se paró en “seco” para contrarrestar tanta “humedad”. Esta vez sí pude notarlo. Ella soltó un “joder” o algo así. Aporreó de nuevo varios botones (incluidos el interfono y el de la alarma) sin éxito. En ese momento de nuevo un hilillo de voz: “pulse planta baja para seguir con su actual vida, cualquier otro para empezar otra nueva”. Nos miramos. No sabíamos ni nuestros nombres, aunque estábamos hartos de vernos. Ella se echó a reír, como si de una broma de cámara oculta se tratara. Volvió a abalanzarse sobre mí, con tal ímpetu que para no perder el equilibrio tuve que apoyarme con una mano en la pared, pulsando de manera fortuita uno de los botones. Para cuando se puso en marcha, ya había descubierto tres lunares y su ropa interior. No sabría decir si subíamos o bajábamos. Solo esperaba que el tiempo me convirtiera algún día en la voz que nos hablaba.

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