Isaías 58:9


Cuando acabé de cortar las primeras doce falanges de los dedos de sus manos, ella ya había muerto. Pensé que sería mejor hacer lo mismo con los dedos de los pies. “La científica” debía pensar más en el fetichismo o cualquier otra causa, que en mi epidermis bajo sus uñas.
Ella balanceaba del tendedero de su terraza con una de las cuerdas verdes al cuello cuando me marché de su casa. Todo había salido según lo planeado. Todo, excepto los arañazos de mi cuello y los veinticuatro dedos que guardaba en el bolsillo de mi cazadora. Tarde para simular un suicidio. Inútil ejecutar de manera distinta a la tantas veces visualizada.
Minutos más tarde, ya de madrugada, la policía llamó al interfono. Incomprensiblemente les abrí. Los nervios provocaron que uno de los dedos, el dedo acusador, cayera al suelo señalando a uno de los dos policías. El otro policía llegó tarde para informar que había saltado la alarma de un vecino.

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