364 días y una interminable noche


Era martes. Me puse el uniforme marrón, tomé el arma reglamentaria, las esposas y todo lo demás. En la sala de videovigilancia, di el relevo del turno de día a mi compañero con un sofisticado arqueo de cejas acompañado de un silbido. Todo parecía en orden. Debía decidir: o seguir leyendo la novela negra de Jim Thompson o investigar al tal Raúl Narváez.
Dos horas más tarde las redes sociales me devolvían una cara, el teléfono de la aseguradora donde él trabajaba y una brizna de esperanza. Su nota de suicidio pasaba entre mis dedos como una moneda afilada, mientras yo esperaba a que dieran las ocho para llamarlo. Aquella maldita frase no abandonaba mi cabeza: “si alguien está leyendo esto después del miércoles 8 de abril, sepa que para entonces ya habré muerto”.
Primer tono (aún puedo colgar y llamar a la policía). Segundo (debería haber ignorado la maldita nota). Tercer tono (sólo quiero advertirle que en caso de suicidio, no hay cobertura ni indemnización posible si no ha transcurrido más de un año desde que contrató la póliza). Último tono: “teléfono apagado o fuera de cobertura”. Seguidamente fui yo quien le colgó…¡Qué paradoja del destino!

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