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1.- Título: Un turista perdido

El angosto callejón finalizaba en un interminable edificio que parecía un seis doble de una ficha de dominó. Puntos por ventanas. Ventanas en lugar de puntos. Una mofa del destino que allí en el número 19 de la calle Sol, la única luz proviniera del último piso como contrapunto a la luna. Me resguardé de la oscuridad  de mi propia sombra en un alféizar de la fachada. Desde el improvisado anonimato vislumbré la figura de una persona. Con el teleobjetivo de mi cámara apuntando a aquella ventana salí de dudas: no había una persona sino dos. Ambas unidas. Un cuerpo dentro del otro. No los podía oír y aun así, en mi mente resonaban sus jadeos y gritos. No había más que hacer. Pasé turno sin mover ficha y me marché con la tranquilidad de que por insólito que pareciera, aquella noche alumbraba un nuevo ser en un viejo día.

2.- Título: Mano dura

El angosto callejón finalizaba en un interminable edificio que parecía un tétrico seis doble de una ficha de dominó. Una ironía del destino que allí en el número 19 de la calle Sol, la única luz proviniera del ventanal del último piso como contrapunto a la luna. Allí una madre jugaba con su hijo. Allí mi madre jugaba conmigo. Mi padre aún vivía y estaba a punto de llegar del trabajo. Olía a café recién molido y a tortilla francesa.  El niño miró por la ventana empañando con su respiración el cristal. Yo me saludé a mí mismo y aunque el niño no me reconoció, se devolvió el saludo por educación. La máquina del tiempo nunca fue en realidad una máquina, sino más bien una actitud. Dibujó una cara sonriente, pero desde el negro del envés de la ficha de dominó parecía estar triste. Nuestro padre había llegado a casa.

3.- Título: Promesas

El angosto callejón finalizaba en un interminable edificio que parecía un tétrico seis doble de una ficha de dominó. Allí en el número 19 de la calle Sol, la única luz provenía de la luna. Su luz me obnubiló de tal manera que había pasado por alto el maniquí de la primera planta. Por un instante incluso me pareció que se había movido.

Sin dudarlo más, crucé el portalón salvando los dos escalones musgosos. Y luego continué con el resto de dos en dos, hasta llegar a la puerta de aquel piso que burlé con relativa facilidad. Escudriñé la oficina: una pila de cajas de cartón, el maniquí, un perchero y la carta de despedida.

La leí allí mismo donde aún podía reconocer su varonil perfume. Levanté la cabeza, el maniquí me observaba fijamente y con el brazo señalaba en dirección a otra puerta donde un letrero indicaba “sin salida”.

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