Pizza para todos


El recinto exterior llevaba varios días sitiado por los medios de comunicación. En la televisión, periódicos y radio no se hablaba de otra cosa. Acceder a su interior resultaba imposible. Aún con las debidas credenciales, requería primero pasar una garita custodiada por dos soldados con uniformes azules y otros dos con uniformes verdes. Además se debía seguir un camino de tierra, que flanqueado por un césped en el que se podría jugar al golf, te acercaba a un gran portalón con varias columnas, en la parte izquierda un soldado de uniforme azul apuntaba con su fusil de asalto G36 hacia la entrada, a la derecha un soldado de uniforme verde hacía lo propio sobre un tanque Tiger donado por el país vecino.

Más adelante había que sortear de nuevo una puerta acordonada por agentes de policía para acceder a la habitación donde un conjunto de ocho personas llevaban más de diez días sin salir al mundo exterior. El primer chequeo lo hacían unos, cuyos uniformes eran de color azul. El segundo registro, al igual que el primero, era llevado a cabo por los policías de color verde.

Yo estaba al corriente de todo esto porque pude acercarme hasta el exterior de la habitación y a punto estuve de ver sus caras, pero en el último momento un general me arrebató las tres cajas de pizzas familiares y le dijo al general cuyos galones estampaban el uniforme verde: “será mejor que nadie, ni si quiera el repartidor de pizza, entre”. El general verde me soltó la mayor propina de toda mi historia y me marché de allí contento, frustrado y más tarde preocupado porque aquella tensión recorría la ciudad como una descarga eléctrica. Conocía la ciudad mejor que nadie y puerta a puerta, iba tomando  su pulso mejor que cualquier encuesta de demoscopia. Sabía por ejemplo, que en la zona norte  era donde mayores propinas obtenías los días buenos. Sin embargo la zona sur tenía al menos dos barrios que debías evitar, o al menos ir con ojos en la espalda para escudriñar sus callejuelas oscuras. No obstante, a mí me gustaba más el sur. Allí los días que ganaba el equipo de fútbol local las propinas podían ser tan generosas como en el norte. Me escapaba para fumar en el pretil del pont del diable y alguna vez paseaba junto a la orilla del río con Alicia. Sin embargo en el norte no había ni ríos, ni puentes. Lo mejor de la zona norte eran las propinas y Alicia. Sus padres vivían en uno de los barrios más snob y sólo pensar que quizá no la podría volver a ver, me ponía un nudo en el estómago.

Alicia me hizo pensar de nuevo en aquellas ocho personas. En esos diez días había dado tiempo a cortar las calles, levantar muros y verjas, seccionar la ciudad con la perfección de un cirujano y a pintar la ciudad de dos colores: verde-norte y azul-sur. A ellos apenas les importaban nuestros gustos por los colores o si nuestras familias se separaban. Podías cruzar de calle y cambiar de color sin darte cuenta. A ellos sólo les importaban que llegara el sobre. Durante más de diez días estas ocho personas habían contado hasta en tres ocasiones los votos para la secesión del sur respecto de norte o de norte respecto del sur, me daba igual. Habían esperado a que llegaran los votos por correo desde el extranjero. Habían consultado a todos los leguleyos, decanos y doctores en derecho sin llegar a acuerdo alguno. “Un empate técnico” era la frase más popular. Un empate que se decidiría en aquel sobre del que hablaba la radio, escribían en el periódico y aparecía en la televisión.

Los medios de comunicación y las redes sociales se estaban haciendo eco de la llegada. El sobre, empaquetado, estaba siendo entregado por un mensajero de transporte urgente. Era medianoche y aun así el sudor recorría la frente de los soldados y policías verdes y azules. El responsable (de edad bastante avanzada) lo abrió torpemente y su mano temblorosa siguió hacia su interior. Yo trataba de tragar saliva y no podía pensar en nada, ni en mi familia, ni en Alicia, ni en si aquel temblor de mano se debía a la edad o al miedo Por un instante la mano dejó de temblar: el sobre estaba vacío. Inmediatamente el teléfono de la pizzería volvió a sonar con un nuevo pedido . Al menos esta noche la volvería a ver.

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