Metáfora


descargaApenas le di importancia. Un papel blanco cuadriculado pinzado en el limpiaparabrisas izquierdo de mi coche. Una frase interrogativa con letras esponjosas, un chiste, un despropósito tan infantil como la caligrafía, una adivinanza. Hice un gurruño con él y lo tiré al asfalto pegajoso de verano. Aquel día regresé del trabajo, aparqué prácticamente en el mismo sitio y, aunque yo lo desconocía, ella estaba allí en el taburete del bistró observándome. Los días (y sus noches) se repitieron endiabladamente hasta la llegada de las merecidas vacaciones que llegaron tan pronto como se fueron.
Llegó el otoño, aunque los árboles caducifolios se negaban a despedirse de sus primeras hojas. Aquel día recuerdo que llegaba tarde al trabajo. Llegar tarde a los sitios me pone de muy mal humor. Trato de buscar en las circunstancias externas la culpabilidad interior que se hace evidente con mi frustración. Y más si encuentro otra vez un trozo de papel pegado al parabrisas. Aquella letra me resultaba agradablemente familiar. Recordé entonces que no había sido la primera vez. Pude leer la misma pregunta absurda. A pesar de que llegaba tarde, me tomé algunos segundos para mirar a mi alrededor. Lejos de sentirme observado, buscaba cualquier excusa para descargar con alguien mi malhumor. Para mi desgracia no encontré a nadie con un comportamiento extraño. Transeúntes, desconocidos (posibles vecinos), operarios de limpieza, jubilados acompañados de la prensa deportiva, abuelos llevando a sus nietos a la escuela. Guardé la nota en mi cartera.
Al día siguiente aquella extraña sensación de ilusión y curiosidad esperando de nuevo un conato de comunicación, no me abandonó durante toda la semana. He de reconocer que miré desde lejos y con cierta ansiedad el parabrisas de mi coche. Pero lamentablemente aquel papel amarillo sólo era publicidad.
Los días pasaron sin sentido y prácticamente cuando estuve a punto de olvidar aquel asunto descubrí el penúltimo mensaje. Esta vez estaba firmado con dos iniciales. Al leerlo, sonreí espontáneamente de manera infantil y lo guardé junto con el segundo mensaje. La misma caligrafía, el mismo papel y esta vez dos letras: “P.B.”. ¿Quién podría ser? ¿Qué querría de mí?
El mensaje no era nada inquietante o perturbador, era más bien entre jocoso y absurdo, lo que favorecía a que pensara más en ello como una tomadura de pelo. No obstante, aquello había transformado la cotidianidad de mis días. Había decidido que la próxima vez le dejaría mi teléfono o mi correo electrónico para poder establecer una conversación más frecuente o que al menos no estuviera sujeta a su entera iniciativa. He de decir que algunas ideas absurdas se me pasaron por la cabeza: instalar una cámara con sensor de movimiento para grabar a la persona que las dejaba, quedarme a dormir en el coche, aparcarlo más cerca del mirador de mi casa para poder espiar y otras muchas más ideas a cual más dispar la una que la otra.
Por mi parte tarde sí y tarde también, fantaseaba con que fuera una mujer. Una mujer atractiva que no se atreviera a decirme a la cara que me quería conocer. No obstante aquello no era congruente con el mensaje que por cuarta y última vez apareció en el mismo sitio. Decidido, apunté mi dirección de correo (el número de teléfono me pareció muy arriesgado… ¿y si resultaba ser un maníaco, un depresivo compulsivo o un esquizofrénico con tintes paranoides?) y anoté una frase que había estado madurando durante algunas noches en vela: “Si me dices quien eres, te daré una respuesta”.
El invierno dio paso a la primavera y P.B. no dio señales de vida. No hubo correo electrónico, ni mensaje en mi coche. Había descartado poner denuncia alguna en la comisaría de policía. Y aunque había jugado hasta la saciedad con esas iniciales Paloma Barrios, Patricia Buendía, Pilar Benavente… poco a poco el olvido hizo su trabajo y yo hice el resto. Es cierto que de vez en cuando sentía (como hoy) un pálpito, un dejá-vu, un “¿me estará viendo ahora?” Es entonces cuando irremediablemente me tomo un capuchino en el bistró de enfrente, apenas hablo con nadie, sólo pienso en la maldita pregunta del mensaje. Cabizbajo y agotado frente a la barra del bar froto mis ojos hasta que una brisa invade el local. Sin abrir mis ojos recuerdo en voz alta la pregunta « ¿Qué es lo que le dice una jaula al sombrero de un escritor?». Alguien acercándose por mi espalda responde «Tú sí que tienes la cabeza llena de pájaros».

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2 thoughts on “Metáfora

  1. Mientras leía y leía, deseaba que no revelaras el contenido de la nota, pero al final lo has hecho. Y he de reconocer que no sólo no me ha molestado sino que me ha gustado ese final.
    Una duda: si es un narrador en primera, ¿cómo sabe (aunque dices que “desconocía”) que quien le observaba era una mujer? 😉

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  2. El personaje desconocía en ese momento que ella estaba allí hasta que al final ella se lo hace saber. Siento mucho haber tardado tanto, no me llegaron las notificaciones por mail.

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