Mata Hari, la tigresa


descargaSalvatore era incapaz de recordar las ciudades por las que se abría paso. Sustituía topónimos por nombres propios y así Mérida era la ciudad de Estela, Tomelloso donde conoció a Gabriela y  Cañete donde dio su primer beso a María. La principal atracción en aquel entonces no era yo, sino Salvatore. Él rebosaba juventud, unos envidiados abdominales y una agilidad digna de una pulga amaestrada. En lo que a mí respecta, mi mundo siempre había sido en blanco y negro. No guardo ningún recuerdo más allá de aquella lona a rayas y aquel olor a humo de puro y tabaco mezclado con palomitas. Mi mundo se cerraba en el norte por las risas de los más pequeños y en el sur por las exclamaciones de admiración de sus padres cuando hacía mi intervención, siempre tras Salvatore, por supuesto. Su roulotte ambulante quedaba tan cerca de la zona de mi descanso que era inevitable poner las orejas en sus conversaciones. La técnica de Salvatore estaba más que depurada. Comenzaba por hablar de su infancia de una manera enternecedora. Luego enseñaba algunas cicatrices que sus caídas habían dejado de recuerdo y para cuando la mujer de turno se quería dar cuenta, había quedado hipnotizada por los ojos y embelesada por los bíceps de Salvatore. Otras veces si él no estaba en vena, me venía hacer una visita, se consolaba conmigo con largos e incómodos monólogos.  En aquellas tardes de tedio llegué a pensar que las rayas de la lona del circo se habían trasladado a mi piel. Otras veces me presentaban a la “víctima” en cuestión, aunque ilusa de mí, pensaba que trataba intencionadamente de ponerme celosa.

Poco a poco la vida iba pasando factura, y si los gatos tienen siete vidas, un año de gira con Circo Maravillas equivalía a cinco fuera de él. Los años fueron transcurriendo inexorables para todos. Las canas poblaron el vello de la mujer barbuda, los enanos aparentaban haber dado un estirón porque el tiempo había encorvado al resto de compañeros y, aunque el encanto de Salvatore no había mermado los éxitos de sus conquistas, es cierto que ya no era el de antes. El público disfrutaba mucho más conmigo y las ovaciones ya no eran compartidas.

Una noche se acercó a visitarme. Mientras fumaba un pitillo comenzó a relatarme una a una, todas sus ciudades conquistadas, hablaba de ellas como trozos de carne. Yo me puse celosa al principio y tan asqueada al final que la rabia pudo a la lástima, y la lástima a la envidia y admiración profesada hacía tiempo. En la actuación de aquella noche, en un arrebato instintivo, enseñé al mundo Maravillas mi manera de amarle. No hubo risas de niños, ni ovación en el trapecio, sólo  unos gritos por mi beso con sabor a sangre.

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