De cómo llegué a ser vendedor ambulante


Seis y media de la mañana. En Roma se madruga y si eres profesora de secundaria más aún. Como si de la primera vez se tratase, el primer día de un nuevo curso es sinónimo de nervios, pero no es mi caso, ya son más de diez años ejerciendo. Salgo del apartamento situado al norte de la ciudad, tan al norte como mi remuneración docente me lo permite. Huelo a humedad, aunque el cielo está despejado. Miro el reloj y calculo que voy con tiempo de sobra para ir andando, así me servirá además para planificar el día: reunión con los profesores y el jefe de estudios. Clase. Horarios. Clase. Desayuno. Más clases y para finalizar reunión de nuevo con los profesores.1397995685704

Un paquistaní me asalta en la esquina de vendiendo foulards, es imposible evitarlo aunque logro zafarme sin apenas esfuerzo. Giro por la Piazza Spagna y a esas horas ya aparecen los turistas más madrugadores. Continúo pensando en el largo día que me espera y en la suerte que correré con los nuevos alumnos este año. Cruzo por la vía Mercede, aunque dudo porque siempre he ido a trabajar en metro. Y ante la duda, otro vendedor me asalta con rosas, sin querer me doy cuenta que he sujetado una por un acto reflejo y el vendedor extiende su mano con intención de cobrar. Le suelto un euro porque tengo prisa  y no quiero discutir. Desciendo por la avenida Palermo y pienso en que hoy precisamente no me puedo entretener en exceso con mis colegas porque  por la tarde viene a visitarme la hija de mi vecina que necesita apoyo extra-escolar. De nuevo miro al letrero de la calle y de nuevo otro paquistaní o hindú o iraní, me observa con la rosa en la mano y creyéndome un turista más, me ata un pañuelo en el cuello, aparentemente de seda. El reloj emite un pitido indicando que llegaré tarde, definitivamente  no quiero retrasarme y aún no he pensado qué puedo hacer esta tarde con la hija de mi vecina. En realidad mi madre y su abuela fueron muy amigas, aunque ya se sabe que con la edad, el pasado se añora tanto como se distorsionan y magnifican los detalles.  Le quiero cambiar el pañuelo por la rosa, pero acabo con una rosa más y unas gafas de sol. No sé si del estrés o del pañuelo comienzo a tener calor y sudar. Para llegar al colegio pontificio irlandés situado en la vía di Stefano Rotondo debo ir todo recto por vía Claudia girar por Celimontana y a unos pocos metros encontraré la calle Marco Aurelio que me llevará directo al trabajo, aunque temiendo que este recorrido sea demasiado turístico y para evitar más sorpresas, decido atajar por la vía Capo d´Africa .Tiene pinta de que el olor a humedad y tierra mojada que detecté esta mañana se va a transformar en lluvia y me cogerá desprevenida si no lo remedio. De nuevo el dichoso reloj, estimo que llegaré en apenas diez minutos más, pero las dos rosas, el pañuelo y las gafas de sol que me han colocado en último instante me dificultan la tarea. Aprovecho para ver el Coliseo, antiguo anfiteatro aunque la gente lo confunde con el circo romano que en realidad se situaba más cerca del Vaticano. En Celio Vibenna otro vendedor ambulante me observa nuevamente como a una presa, analiza que tengo casi de todo. Comienza a llover. El paquistaní ha cambiado su repertorio por paraguas a diez euros y chubasqueros a cinco. Trato de esquivarle pero se pone tan sumamente impertinente que estoy a punto de perder los nervios. Resbalo y caigo al suelo. Otro amigo suyo me ayuda a levantarme y como muestra de cortesía me da un beso en la mano, como si de un besamanos se tratase. Estoy a punto de echar a llorar. Me he roto las medias, tengo la cara manchada y  tres rosas, dos pares de gafas de sol, tres pañuelos y ahora además en el intento de trueque he adquirido por cinco euros tres chubasqueros y un paraguas. Por un lado estoy orgullosa de mi poder de negociación. Por otro lado miro mi reflejo en los cristales del portal número veinticinco de la calle San Gregorio, y solo soy capaz de distinguir a tres vendedores ambulantes. El reloj me dice que tengo cinco minutos para deshacerme de todo aquello y volver a recuperar la compostura. Así que les acompaño y me veo de esta manera absurda vendiendo rosas, gafas de sol, pañuelos y paraguas tal y como ellos me han enseñado durante todo el día. Aprendo a esconderme en los recovecos de la ciudad, a asaltar a los turistas, aprendo un par de palabras en inglés, alemán y otras tantas en francés y japonés. Cae la tarde cuando por fin he conseguido vender todos los artilugios y mientras descanso mis pies, sentándome en los escalones de entrada de un instituto, repaso el dinero ganado con el sudor de mi frente. Miro al frente, a la ciudad, miro a todo y a nada en concreto y me doy cuenta de que esta mañana, aquella mañana, queda ya tan lejos que ya apenas  recuerdo ni lo que hacía allí, cerca de ese colegio.

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