Distopía


imagesEn todos los hogares había uno. Es más, el juego se había puesto de moda y se había propagado hasta los bares, las oficinas, las cafeterías, los salones de bodas, los mercadillos o los rellanos de los portales donde se reunían los vecinos. La palabra se había esfumado. Aquello que se ignoraba, en seguida era resuelto como por arte de birlibirloque. Aquello que se requería, automáticamente aparecía resuelto. En resumen, en el futuro no estaba permitido hablar. Aquel artefacto, construido quizá por alguien movido por la melancolía y la insurrección, estaba triunfando. El artilugio en cuestión era una esfera de tamaño no mayor al de una sandía, del que brotaban a su vez pequeñas esferas que contenían en su interior noticias, problemas o ideas escritas en papel.  La dinámica consistía en extraer una de ellas, leer en voz alta el mensaje y posteriormente charlar sobre el asunto. La erótica de lo prohibido se sumaba a la seducción por el original tema que proponía acertadamente el juego.

En el salón cuatro hombres permanecen callados. La luz entra por el ventanal iluminando hasta el último rincón. El párroco Ángel observa nervioso al resto para ver quien va a hacer los honores. Santiago, aprovecha definitivamente el momento de desconcierto y sin ser visto lo enciende. Se oye un zumbido, una leve vibración y tras ello, una esfera de plástico va a parar a Ángel que procede a abrirla: “El secreto de Ángel”. Todos callan y las miradas  se concentran en el párroco que palidece aún más, quien a su vez mira a Julián buscando en su mirada una confirmación de sus temores. Julián lo sabe.

—No tengo nada que decir. Este juego me parece absurdo y no hablaré más— dijo Ángel.

—Creo que ya es tarde. Recuerda que estamos aquí para eso precisamente— dijo Sebastián.

—Aquí vinimos a hablar, no a contar intimidades que a nadie importa— repitió Ángel sin caer en la cuenta que había vuelto a hablar.

—Sí pero la máquina parece saber lo que tienes que decir.

—La máquina no sabe una puta mierda— exclamó Ángel dejando a todos descolocados, pues no lo habían visto antes así.

—Yo creo que el cacharro este no vale para nada— salió al quite Julián.

—No hace falta que le defiendas Julián— dijo Sebastián.

—Hubiera dicho lo mismo si hubiera que hablar de ti— respondió Julián.

—¿De mí? ¿Y qué tienes tú que hablar de mí?— preguntó Sebastián

—¿De verdad me preguntas? No me hagas hablar porque no sabría por dónde empezar— replicó Julián.

—Empieza por donde quieras pero ya veremos donde acabas.

—Podría hablar de tu afición por no decir adicción al alcohol, de todo el dinero que te he prestado…

—Yo con mi dinero y mi vida hago lo que quiero y del dinero no te preocupes que lo tendrás antes de final de mes.

—No hace falta que me des el puto dinero, me conformo con que no des tanta pena como la última vez que te vieron.

—A mí lo que me da pena es que tengas que pagar por lo que ellas me hacen gratis.

—Bueno, no es mi mujer la que se consuela con un amigo.

Sebastián agarró aquel aparato y trató de estamparlo en la cabeza de Julián. Éste le esquivó como pudo en el último momento, pero con tan mala fortuna que en ese mismo instante la máquina desprendió a todo gas, una esfera que impactó en el párpado de Ángel, quien tratando de separar a ambos, tropezó y golpeó con su codo en la sien de Sebastián dejándole noqueado. Julián aprovechó para atizarle en la nariz y ésta comenzó de inmediato a chorrear sangre como una cafetera exprés. Sin embargo el puñetazo lejos de aturdirle, parecía haberle espabilado. Sirviéndose del desconcierto le empujó contra la pared. Ambos forcejearon torpemente y cayeron al suelo. Sebastián consiguió, montando a horcajadas sobre Julián, inmovilizar su cuerpo. Poseído, comenzó a golpear la cabeza contra el suelo, al mismo ritmo que marcaban sus sílabas “que-me-di-gas-cual-es-el-pu-to-se-cre-to”.  Los amigos saliendo del asombro, trataron de separarles. De la boca de Sebastián parecía salir espuma. Un charco rojo cubría el suelo. La máquina emitió un leve crujido y un intento de vibración. Antes de romperse del todo imprimió “La fragilidad del séptimo mandamiento para un sacerdote moderno”. Todos leyeron la nota en voz baja. Desde entonces jamás han vuelto a dirigirse la palabra.

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