Llegó la hora


Apuró el paso al escuchar las doce campanadas, pero sus recuerdos le alcanzaron antes de que el reloj marcara el final de aquel día y su noche.

Desde jovencito fue el primero de todos sus hermanos que no se quiso dedicar al oficio familiar. Su bisabuelo lo fue, su abuelo también, su padre y cómo no, sus cuatro hermanos y sus respectivos hijos, también lo fueron. Él siempre quiso volar más alto, conocer mundo, vivir al día… pero su padre le obligó a estudiar hasta que tuviera edad para trabajar o al menos, decidir qué demonios iba a hacer con su vida.

Por las mañanas tenía, como todos, clases de matemáticas y lengua. Pero por las tardes sus padres le habían prohibido cualquier actividad extraescolar que supusiera asumir un riesgo innecesario. “Hay que tener cuidado con él, que el niño es muy torpe”, decía su madre en un afán protector desmedido. “Además, ¡qué mejor que ir a clases de canto, estudiar solfeo y música clásica!”.

Con el paso del tiempo, aquel joven se convirtió en todo un hombrecito. Sus profesores habían hecho de él una persona sensata, civilizada y habían apagado en cierta medida sus irrefrenables deseos de aventurero, habían aplacado y asesinado esas absurdas ideas de su cabeza.

Al finalizar la educación obligatoria y tras un verano de hastío y calor, su padre se reunió con él muy seriamente y le realizó la misma pregunta que años atrás habían ido contestando, uno por uno, el resto de sus hermanos: “¿Vas a estudiar o a trabajar? Piénsa bien lo que vas a contestar ahora mismo, porque luego no habrá marcha atrás”, aseveró su padre, mientras su madre engrasaba los engranajes del reloj. El hijo, por su lado, respiró  con profunda resignación. Observó el taller su luz tenue, los mecanismos, las ruedas dentadas y las ancoras que relucían por doquier. El metrónomo que volvería años más tarde a su padre loco, el olor del aceite con que untaba el metal, el sudor de las piezas de acero ante aquel ambiente claustrofóbico y se perturbaba a sí mismo: “¿Dónde quedó aquella decisión tan absurda como precipitada, tan romántica como peliculera, en la que me prometí detener el tiempo?”.

 Y en el mismo instante que se disponía a pronunciar la respuesta que era de esperar, en ese segundo que iba a repetir las mismas palabras y sílabas que sus hermanos dieron tiempo atrás, un extraño hormigueo le corrió por todo su cuerpo, un pensamiento fatuo le hizo cambiar de opinión. “¿Por qué sonríes hijo y no contestas? ¡Qué es para hoy!”, arengó el padre sacando al muchacho del trance. “Te contestaré pasado mañana”, le replicó marchándose a su cuarto sin más.

Durante el día siguiente no hizo más ni otra cosa que dar vueltas y vueltas a la cabeza, en el sentido contrario a las agujas del reloj. La noche se agotaba y llegó a la conclusión de que trabajar como relojero era renunciar a una parte de él mismo a la que no quería abandonar, además estaba harto de que los números sólo llegaran hasta el doce y, más harto aún, de que todo el mundo de manera inmutable lo diera por sentado sin cuestionarse por qué aquellos números no iban (como él) más allá.

Aprovechó la última campanada, desplegó sus atrofiadas alas y antes de que la puerta diera por finalizado el día, trató de dejar todo aquello atrás. Abandonar su vida. Huir, y huir tan fuerte como le fuera posible. Tan fuerte que sus hijos no tuvieran que estar encorsetados como él. Y tanto empeño puso en su huida, y tan acostumbrado a desaparecer para no reconocerse, que terminó por evaporarse en uno de sus propios recuerdos, recuerdos que le alcanzaron antes de que el reloj marcara el final de aquel día y su noche, los mismos que sólo le dejaron abrir el pico para repetir doce veces, como un auténtico autómata: “cucú-cucú”.

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