Perspectiva


Siglo XXIII. A un lado del ventanal, el mismo horizonte de siempre, tan perfecto como artificial, y donde no se han molestado en programar ni una nube, da los buenos días.  Del otro lado, la armonía del salón neumático e inmaculado, sólo es perturbada por mis reflexiones y ese tocadiscos que tan inútil como oxidado,  es incapaz de emitir música o voces o ruido o algo distinto de la nada.

Atrás quedaron los tiempos en que los ciudadanos aseguraban su vida, su salud, su automóvil, la rentabilidad de sus inversiones… ¡Ay! si levantaran la cabeza y pudieran vernos ahora. Ahora las personas mueren por decisión propia. Ahora no hay antibióticos, ni antiinflamatorios ni calmantes porque, lejos de mitigar los síntomas, las enfermedades se atajan con acierto y genética. Tampoco hay accidentes, ni incendios, ni inversiones, ni compañías de seguros. No hay margen para el error, ni error, porque a diferencia de ayer, todo es predecible, fiable, seguro y cierto.

***

La aguja comienza a rallar el vinilo que gira descontroladamente. Una extraña melodía sorprende a mis pensamientos. Miro de nuevo al horizonte, presiento cómo la vida continúa latiendo ahí detrás. Quién sabe, quizá no deba darlo todo por perdido.

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