LAS MAGDALENAS DE MARÍA Y LA OQUEDAD DE LAS ROSQUILLAS


 

Jesús amanece siempre diez minutos antes de que suene su despertador. Son diez minutos del olvido, diez minutos perdidos, diez minutos que él aprovecha para poner en orden ideas, que a lo largo del día se irán desordenando para situarse a su antojo en un lugar, donde finalmente pierdan toda su fuerza, como la gaseosa sin tapón.

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