EL SALVADOR


T

odas las noches ocurría lo mismo. Ella levantaba un brazo y lo dejaba en vilo. Su cuerpo producía una serie de movimientos convulsivos, micro–sacudidas, como los de una ardilla. Entonces ya sabía que ella estaba teniendo un mal sueño y con mi mano yo bajaba su brazo, se lo aproximaba a su cuerpo y de paso le regalaba medio abrazo achuchándola contra el mío.

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