EL COTILLA


M

e alimento de historias ajenas, bálsamo para la piel de mi retorcida alma. Escucho atento, ajeno a las miradas, en el tren o el metro, en las paradas de autobús, en las colas que generan cualquier tipo de actividad comercial o de otro tipo, agudizo el oído y en ocasiones me dan ganas de preguntar: «Disculpe, no la he entendido bien, ¿podría repetir?».

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