EL SOBRE


descargaRecuerdo perfectamente el primer día que le vi. Solitario, estaba leyendo en la mesa del rincón del snack-bar del club de pádel. A simple vista me pareció un tipo discreto, sofisticado y muy atractivo. Mi amiga me lo presentó sin darle mayor importancia, a pesar de que era un personaje con cierto prestigio literario, conocido sin llegar a ser famoso. Es cierto que aquella primera conversación fue insignificante, al menos para mí, pues apenas lo recuerdo. Lo que si recuerdo es que le debió de importunar nuestra interrupción en su lectura, pues no mostró una pizca de interés y seguía con el ceño fruncido cuando nos despidió.

Un par de años más tarde acudió a mí para que corrigiera su libro. Era un relato autobiográfico, más interesante en principio de lo que estimaba y con tres o cuatro frases de las que te dan que pensar. Aquel libro huía de los estereotipos o mejor dicho, los discutía por todos los lados. Si bien es cierto que la segunda vez que traté con el autor (siempre he sido muy profesional) me pareció increíble que de un tipo aparentemente tan inseguro, pudieran salir todas aquellas aseveraciones tan firmes y contundentes, a la vez que originales en cierta medida. Acabado el libro, tomamos por costumbre tomar café los jueves en el mismo club donde le conocí. Saltábamos de política a sociedad, de la iglesia a la religión, de historia a la música y de la mente y sus caprichos.

Y así jueves tras jueves, en la misma mesa de la esquina, a ritmo de cafeína y diálogos, fue creciendo nuestra amistad y mi admiración por él. Un día me hizo entrega de un sobre lacrado. De esto hace ya unos veinte años, si mal no recuerdo. Me hizo prometer que jamás lo abriría hasta que él falleciera (si es que él lo hacía primero) y en caso contrario yo debía dejar encargado que alguien de mi entorno se lo devolviera intacto. Evidentemente, en este segundo caso, las consecuencias de romper aquella promesa serían intangibles para mí (al menos en este mundo), pero no obstante, siempre he sido una persona de palabra, y mantuve la promesa… hasta hoy.

Cuando miro hacia atrás recuerdo muchos momentos vividos, sin embargo en especial me viene a mi cabeza situaciones en las que casi me moría de la risa con él. Mucha gente acudía a él para pedir consejo, o porque sabía escuchar. Quizá también valoraban que no se andaba con tapujos llegado el momento. Fuera por lo que fuese, fueron muchos los que en él encontraban algo que a ellos les faltaba.

Aquella tarde me encontraba sola, fuera en la calle llovía y hacía un par de días que las nubes no dejaban ver más allá del gris. La cera roja del sobre levemente amarillento aún cumplía su función. Sentí más ansiedad que nervios por el suspense que aquella tontería había cobrado ante los acontecimientos. Un mensaje guardado durante más de veinte años. Me preguntaba, como antes me había preguntado, ¿por qué a mí? y, ¿por qué esperar a su muerte? Escuchaba jazz con un equipo de alta definición (uno de los últimos regalos por mi cumpleaños) y mientras jugueteaba con el sobre al ritmo de la canción “On broadway”, me deleitaba nota a nota y me dejaba seducir por aquel sobre y por aquel momento especial.

Alguna vez habíamos hablado de la muerte como aquello que une lo cotidiano y lo excepcional. Sólo se muere una vez, pero al mismo tiempo, todos los días u horas muere gente y cuando digo gente, digo otros que no conocemos. Él me dijo algo que a mi me pareció original en un principio, y ante lo que no pude reprimir la necesidad de rebatirlo. Es conocido que en Estados Unidos, a diferencia de lo que ocurre en España, montan unas merendolas de escándalo, hasta casi se podría decir unas fiestas de despedida, pero él fue más allá y se le ocurrió la idea de que debería existir un simulacro de entierro, previo a la propia defunción. «Me explico – argumentó– todo el mundo, al menos una vez, se ha imaginado cómo sería su entierro. Quiero decir, se ha preguntado cómo sería este mundo sin uno mismo, quién iría a despedirme, cómo lo pasarían los que dejamos atrás (o quizá son los muertos los que se queden atrás), en definitiva tratas de imaginar y emular lo que ocurrirá con certeza en un futuro pero de lo que nunca sabrás cómo será… salvo que finjas tu muerte».

Y de eso trataba la idea: nadie debería saber que tú sigues vivo. Nadie. Ni familiares, ni amigos, ni conocidos… nadie. Sólo el médico en cuestión y el personal del tanatorio… pero los mínimos imprescindibles. Claro que a mí me surgieron dudas de cómo disimular tanto tiempo sin moverte, o la incomodidad del lugar… pero eso se podría solventar… de alguna manera, según defendió él. «Pensemos, –dijo– quizá una figura de cartón-piedra o una estatua de cera. Pero de las que hacen en Reino Unido, que las del museo de cera de Madrid se parecen como un huevo a una castaña». Y los dos reímos. «En fin, salvado este escollo, uno trataría de colarse entre la gente, ataviado, disfrazado de tal manera que uno pudiera camuflarse y de esta manera averiguar de lo que opinan de uno. Podrías ver todos los que han asistido, los que lloran y sus reacciones. En definitiva, sería una manera de solucionar el problema de la eterna duda frente a la extraña cuestión. Posteriormente se trataría de hacer ver, de manera calmada, que aquello había sido un ensayo, una prueba y que por consiguiente no era cierto».

Claro, en este punto es muy importante –dije yo–  tener tacto para no llevarte por delante a alguno de tus familiares fruto de un repentino ataque al corazón, o lo que es peor, que alguno de ellos se te queden medio lelos. Supongo que quizá algunos se lo tomarían a pecho y se despacharían a las bravas con todo tipo de insultos, quizá hasta te retirarían la palabra. Pero en el fondo, si de verdad te quisieran se alegrarían de verte vivo… supongo.

Acto seguido contraatacó con un argumento de peso. «Si todo el mundo hiciera simulacros de su muerte, llegado el momento, nadie podría distinguir el simulacro de la realidad, por lo que la duda generaría situaciones ahora inverosímiles. Por ejemplo, como no podrías saber si es cierto o no, ya no sería tan importante  acudir o no al sepelio de tu mejor amigo. Quizá, como sospechas que es un simulacro, la pena no te apena. Y llevado todo ello a su extremo, diríamos que el ensayo serviría para que el acto no fuera único y excepcional, por lo que no sería de vital importancia, ni un trance traumático como lo es ahora. Siempre nos quedaría la duda: ¿y si fue un accidente y no ha dado tiempo a preparar el engaño? ¿y si la gente sospecha lo que realmente es, y en consecuencia sobreactúa? Al final la idea original de poder observar las implicaciones emocionales de tu fallecimiento se verían desbancadas por el propio funcionamiento en sí de la artimaña. Dicho de otro modo, sólo funcionarían en los primeros casos porque luego la gente aprendería».

•••

La canción se ha acabado e incluso ha dejado de llover y además tengo un sobre lacrado de hace veinte años en mis manos.. Su entierro ha sido muy emotivo y a él le hubiese gustado, así que ya es hora de cumplir la promesa. Enciendo la lamparita auxiliar de la mesa. El crujido de la cera al romper el sello da paso al interior del sobre en cuyo interior descubro lo que a mí me parece un garabato (seguro que él lo marcó para descubrir si me había vencido la curiosidad sin cumplir el pacto). Despliego el sobre doblado en cuatro partes y en su interior una breve indicación: “Dirígete a la mesa de los jueves”. No daba crédito. Agarré mi gabardina y las llaves del Mercedes para salir pitando y llegar así cuanto antes. Crucé la ciudad sin saber muy bien cómo había llegado hasta el club. Las piernas me temblaban. Abrí la puerta del bar. Por suerte (al menos eso pensaba yo) la mesa estaba libre, así que ocupé el lugar donde hace veinte años nos conocimos. El camarero se acercó y sin mediar palabra me acercó un carnet de la biblioteca y una referencia apuntada con rotulador de tinta indeleble.

Sin dejar de enfriar el motor del coche y sin que hubiera trascurrido más de un cuarto de hora, me encontraba consultando la referencia que me diría de qué demonios trataba todo aquello.

Al final del pasillo cuarto, letra F, tercera balda a la izquierda pude localizar un ejemplar de pocas hojas. Se titulaba “El club de pádel”. En el describía nociones del deporte e incluso había ilustraciones que me parecieron bastante descuidadas, pero una página diferente al resto llamó en especial mi atención. Parecía haberse incluido post-edición y en ella se detallaba una serie de miembros distinguidos, dentro de los cuales hallé su nombre. Uno a uno fui cotejando, gracias al ordenador de la biblioteca, que todos habían fallecido. A la derecha de los nombres aparecía un número de siete dígitos que bien podía ser un número de teléfono, de no ser porque en todos ellos faltaban siempre dos números. Además yo conocía perfectamente su número, pero bien es verdad que podría tener otro para casos especiales como éste.

Los espacios vacíos o huecos se iban alternando sin ningún orden lógico aparente. Traté de buscar un patrón con sentido común e incluso practiqué varias veces, dejando que el azar viniera a mi ayuda, hasta que de pronto caí en la cuenta que la página en cuestión era la única que estaba numerada, concretamente con el número veintitrés. Así pues los números que faltaban en todos aquellos números de teléfono eran siempre el dos o el tres. Sin más salí al exterior, marqué su número de teléfono y esperé. Un tono. Dos tonos. Al tercer tono alguien descolgó. Apreté el teléfono a mi oreja, pero no pude oír nada, ni una respiración, ni un jadeo, ni un mísero ruido. Nada. Pronuncié su nombre y el mío y justo en el borde de mi delirio, una voz desconocida y ocho palabras ahogaron mi esperanza, ocho asfixiaron la ilusión de verle vivo de nuevo, ocho estrangularon la creencia absurda de que “El club del padel” era un grupo clandestino, germinado de aquella idea absurda del simulacro: «Algo ha salido mal, de veras ha muerto».

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s