Todos los yoes


ImagenLa primera decisión importante de su vida fue si debía canear o no, a Alberto Tirado. Alberto era un repetidor con ceja rota, pelo con escarolas y una mala leche de cuidado. Así que decidió no jugársela con Alberto y salir corriendo como un mariquita (expresión muy ochentera que ahora se considera de mal gusto) atajando por la calle Almirante para cruzar el parque y acabar tomando un poco el aire para recuperar el resuello hasta llegar a casa. Ese mismo año decidió apuntarse a Judo y aunque fue Tae-Kondo por lo que finalmente se decidió, lejos de alcanzar su primer objetivo que era la defensa personal (concretamente la defensa de Alberto Tirado) consiguió con el paso de los años en ser medalla de plata en los JJ.OO de Barcelona 92 y Campeón de los mundiales al año siguiente. Posteriormente montó su propia empresa dedicada a este deporte y ahora mientras observa el fuego del atardecer con su copa de balón de Boudoir, charla con un camarero que calcula debe tener unos diez años más. Desconoce que el camarero con el que charla incomprensiblemente, tiene en realidad su misma edad. Exactamente la misma. Nacieron el mismo día, a la misma hora y en el mismo lugar, excepto que la primera decisión importante de la vida de aquel camarero fue darle una buena tunda a aquél repetidor. Su padre siempre le había dicho: «si te vas a pegar, pega tu primero». Además sabía que tenía su permiso (por no decir su aprobación) si le insultaban por aquello que empezaba por “hijo de” y acaba en “puta”. De esta manera a la salida del colegio y sin mediar más palabra con Alberto, que además de ser repetidor, era más alto, más gordo y más fuerte, le soltó un puñetazo mientras que hincó su rodilla en el costado de Alberto que fue a parar a aquella farola con tan mala fortuna de quedar inconsciente. Aquello le costó la expulsión del colegio durante una semana, un trauma para toda su vida y un disgusto a su madre que tuvo que ir un par de veces a casa de la familia Tirado a llevar un detalle en Navidad y un juguete en Reyes. Desde entonces siempre se miraban en la distancia con un recelo indiferente, llegándose a hablar lo estrictamente necesario en clase y nada fuera de ella. Ninguno de los dos pudieron volver a ser los mismos (como si existiera alguien inmutable) y el accidente de la farola provocó tras su expulsión, un año nefasto en las calificaciones, por lo que tuvo que repetir curso, convirtiéndose así él mismo en el “Alberto Tirado” de otro alumno un año menor que él. Perdió el interés en todo aquello que requiriera esfuerzo y su madre consiguió colocarle como aprendiz de frutero. Años más tarde se trasladó a una pescadería, pero desperdició tan pronto el empleo como la virginidad con la mujer del pescadero. Luego consiguió trabajos temporales por aquí y allá pasando sin éxito ni gloria, sabiendo un poco de todo y mucho de nada, hasta que a través del amigo de un amigo, consiguió un trabajo como maître en la costa azul francesa del que aún no puede librarse, pues apenas le alcanza para pagarse un hospedaje, ni pensión.  Aquella noche, tumbado en el colchón más mugriento y con peores muelles de toda Francia recibió una llamada telefónica. Compartía piso en la rue de la pompe con otros inmigrantes. La rue de la pompe en realidad era el diminutivo de la rue de la pompe funérailles (calle de las pompas fúnebres) y él era, a su edad,  también el diminutivo apocopado de lo que pudo llegar a ser. Al otro lado del teléfono sólo podía oír su eco. Su misma voz repetida con retardo. Hasta que un efecto extraño llamó su atención. Él hablaba en francés y el interlocutor parecía decir lo mismo pero en español. Rápidamente aquello le produjo un dolor de cabeza terrible. Separó el teléfono de su oreja en el mismo instante que una gota de sangre rodaba por su pabellón auditivo. Al otro lado de las líneas telefónicas, concretamente a unos seiscientos kilómetros de distancia un individuo con el pelo canoso y abundante gomina, no dejaba de oír «¿Pardon? ¿Allô?» al mismo tiempo que él decía exactamente lo mismo por un acto reflejo, como no podía ser de otra manera ambos hablaban al mismo tiempo sin entenderse, ambos habían nacido del mismo vientre y al mismo tiempo, pero en circunstancias diferentes.

Sin perder más tiempo, el interlocutor agitó la campanilla y el personal doméstico retiró inmediatamente el teléfono.

—Puedes continuar —dijo Alberto Tirado.

—Pero si estarás cansado de oír la misma historia —inquirió él.

—Sabes bien que eso no es cierto viejo amigo.

—Bien si así lo deseas continuaré, pero seré breve. En la decisión más importante que tuve que tomar en mi vida, no opté por huir, tampoco por enfrentarme a ella, hubiera sido un suicidio. En la primera y más importante decisión de mi vida sólo tuve que esperar a que el tiempo decidiera por mí.

La campanilla sonó por sí sola como colofón a su frase. 

Cuando el mayordomo oyó de nuevo la campanilla y abrió inmediatamente la puerta, comprobó cómo aún resonaba la vibración en el ambiente hermético del salón dieciochesco, pero ninguno de los dos (tres o cuatro) se encontraban ya allí.

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