Clarividente


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Desde que el neurótico y obsesivo-compulsivo Jack Nicholson apareciera en la gran pantalla en “Mejor Imposible” allá por el 97, no se le había vuelto a ocurrir a Octavio ocultar sus manías. Es más, con la edad incluso se habían acentuado. Sin duda la muerte de su mujer, Clara, evidenció aún más el sufrimiento y agotamiento al que él mismo se veía sometido, siendo víctima y verdugo al mismo tiempo de sus propios tics agoreros.

Prácticamente se podría escribir un libro enumerando todas sus extravagancias, perfectamente justificables por lo que leyó en su horóscopo el día de la muerte de Clara. Desde entonces todos los días abre el periódico por la página trece, y comienza su lectura en sentido inverso al normal. Cuando acaba en la portada, continúa por la número quince hasta que llega al final, dejando de esta manera aquella página para el último momento de la noche.

Todas las mañanas para despertarse masajea su cara realizando tres círculos de izquierda a derecha y otros tantos de derecha a izquierda. Sin abrir los ojos hace la misma mueca con la nariz. Busca (tanteando con sus pies) las zapatillas de felpa desgastadas y se arrastra hasta el batín descolorido que suele dejar tirado a los pies de la cama. Con los ojos aún cerrados se dirige hasta la cocina, pero antes de adentrarse en ella, se sitúa bajo el quicio de la puerta y reza un padre nuestro. Es entonces, y sólo entonces, cuando abre sus ojos, para prepararse un té Twinings, con un chorro de leche fría y seis (ni una más ni una menos) gotas de edulcorante. Se ha dado el hecho en más de una ocasión que ha desayunado a las cuatro de la mañana, simplemente porque tiene auténtico pánico de abrir los ojos antes de tiempo y echar todo su día a perder. Cuando esto sucede, cuando cae en la cuenta de que (ajeno a su voluntad) ha habido algún paso en su ritual que se ha saltado, se dirige tembloroso hasta su cama y se tapa por encima de la cabeza hasta el día siguiente.

Después del té, le gusta leer el periódico, mientras escucha de fondo “La Valquiria”, y para aquellos que os estáis preguntando si también ocurrió lo mismo cuando se despertó de madrugada, basta con preguntar a sus vecinos para saber que no renuncia gratuitamente a sus supersticiones. Más tarde sube al desván contando mentalmente todos los peldaños, uno a uno hasta llegar al número catorce, el cual salta tanto mental, como físicamente y una vez que llega al final da un par de palmadas. Acto seguido enciende el ordenador, de manera meticulosa accede al correo ordenado cronológicamente y entonces comienza a escribir la columna para el dominical. Su reputación y buen criterio, su pluma (y por qué no decirlo su falta de higiene) le ha permitido trabajar desde casa, concretamente desde su desván.

Contrariamente a lo que podamos pensar, a Octavio no le importa que su gato negro Osiris pasee a su lado, tampoco le importa dejar abierto los paraguas, ni cruzar bajo escaleras de tijera abiertas todo ello lo considera estupideces, propio de gente inculta y pagana, cuya debilidad espiritual y mental les chantajea con estas parafernalias, pero como él dice: «a otros le da por chupar candados».

 

Pero aquella tarde, tras más de veinticinco minutos juzgando como avezado escritor si emplear el término “paroxismo” en detrimento de “extenuación” en su columna, una ráfaga de viento se coló por la ventana del desván, sorteó el tótem de medio metro, traspasó las máscaras venecianas y se precipitó por la alfombra persa hasta rebotar en el rabo peludo de Osiris que de un respingo abrió fortuitamente el periódico por la página que Octavio reservaba para la noche.

Inexplicablemente la curiosidad irrefrenable de Octavio no pudo ser controlada y, saltándose uno de sus principios, fue directo a Acuario: «Cuidado con los aparatos electrónicos. Quizá sufras algún inconveniente con el ordenador o con el móvil».

Él miró al ordenador y luego al gato. El gato le devolvió la mirada pero señaló con su maullido a la programación televisa que aparecía justo debajo del horóscopo. Sobre el horóscopo, una imagen de un Jack Nicholson con gafas de sol y sonrisa resplandeciente anunciaba la enésima reposición de “Mejor Imposible”.

En ese preciso momento comprendió que lo de Clara fue fruto de la casualidad, que poco a poco tendría que aprender a vivir sin miedo y que además, él siempre quiso ser Piscis.

 

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