Arte o ardid


Ensayo inductivo sobre “El Arte”

Conceptualmente el arte nos puede evocar ideas ambiguas, vagas  o contradictorias entre sí, que van desde aquello que es caracterizado como culto, virtuoso, erudito, antiguo, admirado, exclusivo etc. en suma, términos relacionados con la filantropía, el conocimiento humano y las corrientes de pensamiento donde se conjugan diversas “artes” filosóficas, históricas e incluso científicas, hasta aquello otro que podemos adjetivar como banal,  superfluo, prescindible, ocioso, meramente decorativo o poco pragmático, pasando a ser incluso opcional, moderno, contemporáneo o simplemente algo incomprensible (pero accesible al mismo tiempo), para cualquier ciudadano sin excepción. En definitiva, de la élite a la farándula: ¿Dónde están los límites del arte? ¿ deben existir esos límites?

Sería un objetivo presuntuoso tratar de sintetizar la historia del arte en este ensayo, tampoco abordaremos los impactos de la tecnología y la ciencia en su evolución, ni la educación como herramienta, ni el desarrollo social como vehículo del arte, ni sus casi infinitas formas representativas de hoy día, aunque todo ello se me antoje imprescindible para abordar con éxito el esclarecimiento entre lo que es arte, de aquello que no lo es. Es cierto que actualmente contamos con la dificultad añadida de vivir en una aldea global donde la información circula y nos aborda, nos inunda a tal velocidad que no somos capaces de digerirla a tiempo y donde su caducidad es inmediata, por lo que las conclusiones que obtengamos hoy (ahora) puede que caducaran ayer.

Para echar abajo la postura del “todo vale” en el arte, basta con detenerse en su definición. Un requisito sine qua non es que sea humano. Por lo que aunque consiga adiestrar a una foca o un león marino para que golpee una brocha contra un lienzo, eso no es arte. Es más si avanzamos en la definición, se trata de una habilidad o virtud. Es innegable que el animal en cuestión, necesita cierto adiestramiento o habilidad, pero si ampliamos las miras y entendemos el virtuosismo como la especialización con un objetivo o fin claro y concreto, podemos descartar de nuevo este tipo de circunstancias provistas más de azar que de virtud, por no hablar de técnica.

Pero lejos de estos casos de mascotas que pintan, ¿no es quizá el arte una convención social (denostada por otro lado en las últimas décadas)?; es decir, si definimos el arte como una visión personal (de un mundo real o imaginario) que puede ser plasmado con distintos recursos, ¿cómo distinguir la virtud o el valor añadido en una “visión personal”? ¿cómo saber si es nuestra falta de entendimiento, la que nos impide ver esa «la asimilación estética del mundo» o por el contrario es que en realidad no existe esa interpretación de un mundo distinto al que nosotros interpretamos?

En mi opinión, creo que el temor a despejar cualquier tipo de duda sobre nuestra ignorancia, es el que ha motivado la aparición de multitud de casos donde recientemente se han dejado entrever las vergüenzas de gente culta, a la que se le presupone entendida en la materia y que no tiene ningún reparo en pagar cantidades astronómicas por aquello que no entienden.

Pongamos  varios ejemplos para  delimitar todo lo anterior. En España se hizo una prueba: dejaron unos lienzos y unos botes de pintura a unos niños de tres años y el resultado se llevó a un reputado museo de arte moderno. Situaron los cuadros debidamente en las galerías de arte abstracto y realizaron encuestas al público. Pues bien, la mayoría hubiera pagado una fortuna simplemente porque los lienzos estaban junto a otros autores de reconocido prestigio. Es más, alguno se aventuró a explicar el significado de los mismos y lo que el autor trataba de “decirnos”… (recordemos que eran niños de jardín de infancia). He aquí mi primera conclusión: el arte, si no somos estrictos en la definición, no es más que un convencionalismo social.

En EE. UU. la obra de un artista consistía en varios trozos de papeles apilados en el suelo de una exposición de arte moderno; la señora de la limpieza confundiéndolos con basura los aspiró, llevándose consigo toda una expresión plástica de algo que ya nadie recuerda. ¿Quién es el necio? La empleada que no distingue entre suciedad y una “obra” de arte; El artista que trata de comunicarse con el mundo a través de las trizas de unos folios; o todos los demás que obligados, hacemos un acto de fe tratando de ver más allá de lo efímero. Puestos a divagar y rizar el rizo con la porquería, prefiero aquel artista Chris Ofili que utilizaba excrementos de elefante (mierda… ¡vaya!) para sus obras o Piero Manzoni  quien directamente enlató la suya propia en varias latas y alguna vendió a precio de oro… de esta manera no tendría ningún reparo en afirmar categóricamente que sus obras son una mierda. Llegados a este punto ¿por qué no exponer los restos de un charcutero, los cartones de un vagabundo o las gavetas con restos de cemento de los albañiles?

De nuevo en España, otro caso real en el que el personal de limpieza dejó apoyado el cepillo de barrer junto a un murete de una exposición de arte abstracto y sobre él y haciendo equilibrio un paño para el polvo. Un visitante del museo se acercó con la intención de desembolsar la cantidad astronómica que figuraba en aquel muro (y que pertenecía a una obra anterior) por aquella “obra conceptual”. ¿Mecenas o un estúpido generoso?

En mi caso aún recuerdo hace unos años mi visita al Guggenheim de Bilbao. En la segunda planta de exposiciones, el vacío era roto por una escalera de tijera que estaba tumbada (como caída) en el centro de la sala. Por un momento pensé que estaban de obras, hasta que me percaté que sobre los peldaños unos fluorescentes tubulares (como los de la cocina) de diversos colores comenzaban a parpadear sincronizada y alternativamente. Sinceramente ni me molesté en ver el autor de tamaña fechoría.

Hoy, sin ir más lejos, venía escuchando por la radio que un fotógrafo ha expuesto su obra (de la que trato de olvidar su nombre) consistente en varias fotografías de anos ampliados a tamaño tal que los pliegues de los esfínteres parecen montañas. ¿Eso es arte?, la respuesta es fácil: si crees que hay algo de virtuosismo en esa técnica deberías decir que sí. En mi caso, me parece algo tan original como transgresor. Como aquel que mostraba cuerpos humanos reales disecados con nuevas técnicas… pero ¿arte?… No para mí. No todo lo original es arte, ni todo el arte tiene que ser original. Creo que en ocasiones se confunde original con personal (o particular). Veo más virtuosismo en un grafiti (aunque sea ilegal) que en todo lo anterior. Por eso afirmaba párrafos atrás que hay algo decadente o denostado en el arte. No me imagino a una Concha Velasco actual diciendo “Mamá, quiero ser artista”. Tampoco me gustaría que mi madre afirmara orgullosa: “¡Mi hijo está hecho un artista!”, suena incluso peyorativo.

Así pues permítanme el atrevimiento, la ignorancia es osada, pero yo si no entiendo el mensaje, si no conozco al autor, si no me queda claro la técnica empleada no diré que es arte, quizá gaste mi dinero en adquirirlo porque sirva para decorar mi apartamento, (o simplemente porque me guste) pero eso no es arte, eso es otra cosa.

 

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