Relatos encadenados. Cadena ser IV.


UN SAN FRANCISCO

Sólo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les estaba permitido el acceso. El resto de mortales esperábamos turno en la cola. La mayoría estaban nerviosos e impacientes. Ellas no dejaban de tocarse el pelo. Ellos fingían tragar el humo, ser lo que no eran y tener una edad que no tenían. Yo como siempre era el que pensaba más de la cuenta. A la más guapa de las niñas guapas, sólo pude verla por  el resquicio de la puerta de la discoteca “light”. El carné falso no me abrió ni una ventana.

 

 EX-JAULAR

 Sólo a las niñas guapas y a los hermanos que se las presentaban les estaba permitido el acceso. El resto de mortales esperábamos turno en la cola. Todos estábamos nerviosos e impacientes. En el portalón de la muralla de la ciudad, unos altavoces emitían la dichosa sintonía, lo que significaba el preludio del sorteo. Ninguno de nosotros quería vivir dentro en la ciudad. De vez en cuando mirábamos de reojo la muñeca derecha, donde cada uno teníamos tatuado nuestro número identificativo. Era un gesto provocado más por el deseo irracional que por el olvido. El afortunado cruzaría el portalón e iría directamente a la cárcel durante todo un año.

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