relatos encadenados III


El leve crujir de la viga de la que cuelga su padre marca el ritmo como el péndulo de un reloj. Sobre la mesa cubierta de polvo distingue un papel. Primero se acerca al cuerpo. Detiene su balanceo. Aún no se ha enfriado. Más tarde la curiosidad le dirige al papel. No es una nota de despedida, tampoco es una carta con resultados médicos. Es una diligencia de embargo y desahucio. El tiempo pasa pero ninguno de los dos son capaces de mirarse a la cara.

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