La paradoja de la frugalidad (más frugal)


Todo iba bien hasta que en los medios de comunicación comenzaron a lanzar esos mensajes. Al principio no hubo cambio. Obviamos la televisión y la radio, como se obvian los comentarios impertinentes de un niño pequeño. Pero meses más tarde, el bombardeo mediático, la velocidad de la pólvora del miedo y el poder de la palabra hicieron el resto. La palabra, que envuelve y delimita conceptos e ideas, que transmite y germina en todas nuestras mentes de común acuerdo. Y así, sin quererlo, invadió las conversaciones de ascensor, las del parking, las familiares. Invadió el espacio y tiempo, cuyo único dueño debería haber sido el silencio. Quizá nos equivocáramos al hacer nuestras esas palabras.El primero en caer fui yo. Un par de meses más tarde, ella. Hormiga y cigarra juntas. El tiempo como el dinero, se escurría entre los dedos y dimos el que sería el último giro de tuerca: no salir nunca de casa.

***

Los vecinos no soportaron más el hedor de podredumbre. El SAMUR sólo tuvo que seguir su rastro, cruzaron lo que quedaba de la destartalada cocina, digna de un país balcánico en plena guerra y llegaron hasta el salón. Apenas pudieron entrar sin pisar desperdicios esparcidos por el suelo. En el centro había lo que parecía restos de una pequeña hoguera. Cerca de allí un ejemplar de John Maynard Keynes sentenciaba “A largo plazo todos estaremos muertos”. A mano alguno de los dos escribió “en el corto también”.

El mobiliario era mínimo. Había sido quemado, a excepción de un sofá biplaza, sobre el que se encontraron a ambos marchitos, arrugados, jóvenes de treinta años envejecidos, tan absorbidos que parecían haber perdido la dentadura. Allí sus cabellos canos se entrelazaban cabeza con cabeza. Apoyados uno en el otro miraban, con los ojos cerrados, a un televisor apagado y reducido a la mínima expresión. Pegado a la pantalla del televisor, un folio enorme había sido decorado por ellos mismos con el dibujo de una carta de ajuste de antaño. No necesitaban ver nada más.

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