-¡Eh tú! Espabila- dijo un tipo tan sucio como gordo, encaramado al camión expendedor.
-Perdona tío- dijo Víctor, avanzando en la fila el par de metros que quedaban libres.
- ¿Qué va a ser?
- ¿Cuánto por llenar la garrafa de agua?
- ¿Qué traes?
Víctor le mostro el interior de la bolsa.
-Dame la cajetilla de cigarros y esos cordones- pidió el gordo.
-No daré más del paquete de tabaco y el destornillador si lo quieres- regateó Víctor.
-Mira chico no tengo tiempo de gilipolleces. Hay mucha gente esperando. Lo tomas o lo dejas.
Víctor emitió un gruñido de resignación al soltar la garrafa, el tabaco y los cordones.
Aquel día hacía más viento de lo normal y hacía siglos que no llovía. El viento y el insomnio crónico, que padecía desde hacía algo menos de cuatro años, suponía una mala combinación para su estado de humor y de ánimo. Odiaba el viento, odiaba el insomnio y odiaba el atardecer perpetuo, inmóvil y estanco que emitía esa luz cegadora, brillante y molesta que hacía imposible otear el horizonte sin ayuda de unas gafas de sol. Un horizonte que jamás había engullido al sol en los últimos cuatro años. Una postal de un atardecer transformado en un atardecer de postal, donde los enamorados podían morir de aburrimiento, donde la luz constante del eterno día les impedía conciliar el sueño y les quitaba la vida al mismo tiempo que se la daba.
El gordo le trajo la garrafa repleta de un agua de dudosa potabilidad, a juzgar por su color, pero agua al fin y al cabo. Avanzó en el pasillo que formaban los puestos y tenderetes enfrentados unos contra otros, en aquel mercado medieval del siglo XXI.
Víctor echó un ojo a los puestos del rastro del campamento base. No había grandes novedades. En uno de ellos abundaban cachivaches, trastos o basura, pero casi todo metálico. En otro puesto de más allá, el de los toldos rojos, un tipo barbudo se empeñaba en ofrecer partes de mobiliario doméstico. Viéndolos, Víctor podía recuperar momentos de cordura, momentos de antigua cotidianeidad, donde una destartalada mesilla de noche, un taburete, le recordaban a una época no tan lejana en la que hacer cola en el IKEA aún tenía sentido. Dos puestos a la izquierda y cubierto por plástico blanco, allí donde no estuviera roto, la vendedora mostraba con orgullo dos filas de macetas con pequeñas plantaciones de verduras, tomates, fresas y otras plantas tan caras como bien cuidadas. Entre el tumulto de la gente que deambulaba de acá para allá, aquel día, algo llamaba especialmente la atención a los viandantes cerca del puesto de especias. Víctor se acercó con cautela al gentío, con cautela, más por el agua y el resto de valiosa mercancía de trueque que por su propia vida. Porque la vida hacía tiempo que se valoraba en su justa medida: cualquiera podía vivir o acabar muerto al final del día.
Allí se encontraban ojipláticos, una familia de orientales recién llegados. Sus caras estaban envueltas de polvo seco y sus ropas de barro y suciedad. La niña más pequeña debía de haber llorado hace poco, a juzgar por los surcos de cara limpia que habían dejado las lágrimas en sus sucias mejillas. El padre de aquella familia trataba de abarcar con los escuálidos brazos a su desgastada mujer y a la mayor de sus hijas. La gente les empujaba y los rateros aprovechaban para hacerse con lo poco que tuvieran de valor.
Sólo el padre de aquella familia parecía hablar algo de español.
-No poblema, no poblema- se le podía entender al chino.
Víctor sin saber muy bien el porqué se acercó.
-Venid conmigo- les dijo, acompañándolo con un pequeño impulso en el hombro.
El chino miró con ansiedad el agua y le pareció un argumento suficiente como para seguir a Víctor.
De camino a la tienda de campaña en la que estaba instalado (con cierta comodidad) apenas hablaron. Pero aquel silencio incómodo se vio roto, cuando la niña agarró la mano a Víctor y balbuceó: “Agua”.
-Aquí no, todavía estamos muy cerca, cuando doblemos en aquel alto te daré agua.- dijo señalando la curvatura del camino. La niña no se enteró de nada.
Los rateros les seguían con la mirada, pero en aquella pequeña comunidad se conocían todos, y al cabo de unos instantes siguieron a lo suyo. Minutos más tarde tras pasar la curva, Víctor se detuvo, abrió la garrafa y le proporcionó un poco a todos, comenzando por la pequeña. Los padres se arrodillaron en señal de agradecimiento, pero a Víctor no le gustaba esos gestos de sumisión y no tardó en ayudarles a erguirse. No podía decirse que se estaba haciendo tarde, porque no había mañana, ni noche… sólo tarde. Pero se le estaba haciendo soporífero aquel silencioso viaje. Así pues comenzó a hablar.
-El agua del río no es potable. Sólo podéis beber el agua de la garrafa ¿entiendes?
-¿galafa?
-Eso, eso galafa buena.
-Galafa buena- repetía el chino.
-El agua del río mala, -dijo señalando en su dirección- no se puede beber. Desde la “gran sacudida” el agua de los ríos no es apta para consumo.
(El chino asentía)
-Por si no lo has notado, el agua del mar llegó casi hasta Madrid- continuó Víctor con la mirada perdida- luego retrocedió tal y como vino, dejando a su paso muerte, lodo y desolación. Algunos de los que estuvieron de paso por el campamento, dicen que toda el agua del mar se ha concentrado en los polos. Aunque sinceramente, yo creo que son habladurías. Me cuesta imaginarme un desierto más allá de Portugal, donde los pecios salten a simple vista, pero tampoco nadie podía imaginar que los ríos no desembocarían al mar y que un día la tierra se pararía diciendo: “STOP”, ¿verdad?
Víctor se percataba en ese instante de la inutilidad de su monólogo.
-Galafa buena- volvió a repetir el padre de familia mientras le regalaba una sonrisa a Víctor.
Víctor respondió con un suspiró desesperado y se calló.
- China todo noche, todo helado.-dijo el chino- más alá -miró al sempiterno poniente- sol, todo deserto.
- Sí, sí. Eso ya lo sé amigo. Por cierto yo soy Víctor. Dime, ¿cómo te llamas?
-Liu-Thao
En ese momento toda la familia, excepto Víctor, se detuvo al ver cómo un enorme pastor alemán corría hacia ellos ladrando escandalosamente. Víctor salió a su encuentro. Rufus olisqueó a los nuevos y volvió a echar a correr de vuelta a la tienda de campaña, de la que no tardó en salir una mujer rubia de pelo rizado, con piel tersa como la cal y ojos grises. Gastaba una cómoda camiseta ajustada que acentuaba unos, ya de por sí, generosos pechos y un enorme vientre que sobresalía por la cremallera abierta de la desgastada falda color beige, en la que años atrás se había orinado.
Víctor besó a aquella mujer y se fue a depositar el agua a la alacena, un lugar seguro que hacía las veces de frigorífico. No muy lejos de allí, su mirada no pudo eludir tres cruces, que el mismo plantó en su día, bajo las cuales no había nada ni nadie enterrado, únicamente el recuerdo, su recuerdo y su esperanza de encontrar con vida a sus seres más queridos. Tomó la escopeta y unos cartuchos y con un curioso silbido hizo aparecer a Rufus. Acto seguido se les unió Liu-Thao.
Para no ser de una típica raza de caza, Rufus había mostrado una magnífica destreza y habilidad cobrando las piezas que Víctor echaba abajo. Aquella tarde la familia de Liu-Thao tendrían algo caliente que llevarse a la boca para la cena, o quizá fuera el desayuno o, por qué no, para la comida, pues había desaparecido la conciencia conceptual de los días y sus noches, porque siempre estaba atardeciendo, porque la noche llegaba cuando lograban dormir, la noche llegaba cuando sus pesadillas permanecían dormidas.
Mientras ellos procuraban alimento y las niñas descansaban en la tienda, la mujer de Liu-Thao no quitaba ojo al vientre de Elisa. Ella tomó su mano huesuda y se la llevó al vientre para que compartiera lo que llevaba dentro. Permanecieron en silencio hasta que la mujer de Liu-Thao no paraba de decir: “Uó yi sen” “Uó yi sen”. Elisa comenzó a sentirse desconcertada y ansiosa de que Víctor regresara pronto.


3/03/12 at 7:01 pm
¡Qué bueno Rafa!, ya estoy esperando el capítulo III de este inquietante relato.
4/03/12 at 3:04 pm
Gracias anónimo!, tercero y ultimo.